En un orden civilizado, racional y humano ninguna persona tiene derecho a quitarle la vida a otra. La inmoralidad más grande del mundo es la que pretende justificar el derecho de un individuo o de una organización a ejercer acciones tendentes a la eliminación física de un ser humano. La guerra es inmoral. Se realiza con la finalidad de matar al enemigo. Para destruir o controlar el ejército contrario hay necesariamente que matar una parte de sus miembros.
Se ha comprobado históricamente que existen guerras necesarias, pero son la excepción. Por ejemplo, las que libran los pueblos por su liberación y contra las tiranías. Nuestra guerra de independencia, inspirada por Juan Pablo Duarte y los trinitarios, o la de Cuba, organizada por el inconmensurable José Martí y dirigida por el generalísimo Máximo Gómez, son buenos ejemplos. Representan la lucha de los pueblos por su dignidad y libertad.
La teoría de la legítima defensa, en el calor del hecho, justifica la muerte del agresor si es para salvar la vida, cuando hay medios proporcionales.
Pero las guerras de rapiña de las grandes potencias son inmorales e innecesarias. Solo persiguen apropiarse de las riquezas naturales y lograr el control de los mercados. Y lo hacen con justificaciones que ofenden la inteligencia. Esa es una práctica vieja. La guerra de Troya, en la antigüedad, narrada por Homero en la Ilíada, y las guerras en Irak y en Afganistán, en la actualidad, tienen los mismos fines: el saqueo y el pillaje.
Nuestra Constitución, en su artículo 37, prohíbe la aplicación de la pena de muerte. Dice: El derecho a la vida es inviolable desde la concepción hasta la muerte. No podrá establecerse, pronunciarse ni aplicarse, en ningún caso, la pena de muerte.
Muchas veces se viola ese precepto. Los Estados tienen fuerzas oscuras que no creen en el derecho a la vida. Suelen aplicar subrepticiamente limpieza social periódica. Matan supuestos delincuentes en intercambios de disparos o en acciones inconfesables. No confían en los procesos judiciales y creen que así aportan a la tranquilidad y seguridad de la sociedad. Recordemos que si la maquinaria asesina se pone en marcha, nadie sabe quién será la próxima víctima y mucho menos se podrá determinar cuándo se detendrá.
Los poderosos se consideran por encima del bien y del mal. La razón de Estado y la protección de sus intereses se imponen sobre los principios y las normas.
Todos los que planifican y realizan acciones para matar a una persona caen en la escala más baja de la condición humana. Es igual si actúan por venganza o su objetivo es un delincuente, terrorista o antisocial. El que da la orden y el que la ejecuta se igualan a su víctima y terminan justificándola.
Celebrar el asesinato de un ser humano, sin importar su condición o la calificación que tenga, es vil, horrendo e inmoral.

