Se sabe de viejo que el gran problema tiene que ver con las complicidades oficiales de dejar hacer y dejar pasar. De no ser así chatarras que constituyen un verdadero peligro no estarían transportando pasajeros en la ciudad.
Las precarias condiciones de los vehículos públicos han llevado a los conductores a cubrirse un antebrazo con una larga media para evitar las inclemencias del sol, así como a utilizar un cartón o un pedazo de toalla en las ventanas en sustitución de los cristales.
Puede darse por descontado que las chatarras, en gran medida responsables de los taponamientos al detenerse en cualquier punto para abordar o dejar pasajeros, no pasarían una inspección técnica.
Para colmo de males los conductores, los mismos que los taxistas, suelen improvisar estacionamientos en cualquier calle de la ciudad, sin contar con autorización alguna. Pero la crisis del tránsito es todavía de más envergadura.
En el caso de los parqueadores, estos no solo reivindican su autoridad para permitir estacionamientos, sino que emplean conos para apropiarse de los espacios. Operan y reclaman en las propias narices de la Policía. Es una operación común en horas del día o de la noche en lugares como la Zona Colonial o alrededor de centros de diversión.
El cuadro de las chatarras, la facha de los conductores, la inseguridad y el desorden con los estacionamientos son partes del diario vivir en el tránsito. Y todo porque las autoridades, no se sabe por cuáles razones, no cumplen ni hacen cumplir las leyes.

