En su defensa sobre la donación de los terrenos en torno al estadio Quisqueya el administrador del Banco Nacional de la Vivienda (BNV) obvia no sólo aspectos legales, sino de tipo social. Conforme a sus argumentos, el Presidente de la República puede darle poderes a Bienes Nacionales para negociar la isla Saona o la bahía de Samaná sin reparar en cuestiones históricas, culturales ni patrióticas. Basta con las facultades y la práctica. El arquitecto Joaquín Gerónimo no teme siquiera que con los terrenos del Quisqueya pueda darse lo mismo que con la zona verde de Santiago repartida por Bienes Nacionales durante las elecciones, que después fue rescatada por el propio Estado a través de la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales. Todavía la enajenación de los miles de metros cuadrados pueda ser legal y las obras puedan levantarse sin licitación tiene que tomarse en cuenta que se trata de un patrimonio nacional. ¿O no?
La gran diferencia
La respuesta del Gobierno cubano frente a la flexibilización de Estados Unidos para viajar a la isla marca la gran diferencia al menos con países como República Dominicana.
Antes que detenerse en festejos como triunfo de la razón y la justicia el régimen cubano ha optado por prepararse culturalmente para afrontar la nueva realidad que supone el proceso migratorio.
Y es que el Gobierno cubano sabe los efectos que puede tener el masivo flujo turístico desde Estados Unidos hacia la isla. Es lo que se llama tener los pies sobre la tierra.
Cuba necesita el turismo, que hoy representa ingresos por unos 2,000 millones de dólares, pero entiende que tiene que estar preparada y no sólo con más habitaciones. En la atualidad cuenta con unas 46,500, de las cuales alrededor del 60 por ciento son regenteadas por cadenas internacionales.
El fuerte en la generación de divisas son los servicios médicos y educacionales, que aportan unos 6,000 millones de dólares, pero la decisión sobre el turismo de Barack Obama podría modificar el cuadro.
Pero como el Gobierno de Cuba sabe del impacto turismo no quiere que la avalancha procedente de Estados Unidos, que puede tener muchos otros efectos, se le venga encima. Intereses políticos pueden incidir en el flujo.

