Opinión

A Rajatabla

A Rajatabla

Orion Mejia

Antes de que el gallo cante.

Los vaticinios de profetas locales se han cumplido a cabalidad. República Dominicana ha sido crucificada por la Comisión Interamericana de los Derechos Humanos (CIDH) y previamente flagelada por fariseos internacionales y escribas nativos, para quienes el Estado nacional incurrió en el pecado capital de pretender fijar el alcance de la nacionalidad e imponer controles migratorios.

Como la del Gólgota esta fue una historia anunciada desde mucho tiempo atrás, lo único que no precisaban los profetas era la fecha, pero se sabía que los primeros avisos de esa crucifixión fueron las sucesivas audiencias de la Corte Interamericanas en las que el gobierno fue condenado por xenófobo o se montaron circo donde los leones desgarraron el prestigio del gentilicio dominicano.

Esta vez no fue necesario que la Corte se instalara para decretar la muerte civil de esta nación, porque los escribanos locales se encargaron de levantar y promover los cargos criminales y obligarnos a acarrear la cruz pesada, mientras los comisionados imperiales no tuvieron delicadeza siquiera para lavarse las manos.

Todo lo que estaba escrito se ha consumado. Ya no es necesario que nos lleven en marzo a la Corte Interamericana ni que nos vuelvan a citar para el mes de octubre. Ya nos condenaron y nos crucificaron. Los guardias romanos que vinieron a esta comarca cumplieron cabalmente y tuvieron la ayuda de la claque mediática y académica que pidió que mejor liberan a Barrabas.

La Cancillería ha emitido un comunicado tan tímido y auto incriminatorio que cualquiera creería que intento recrear las respuestas ofrecidas por Jesús ante la increpación de sus jueces y verdugos, aunque el redentor obro así porque su historia y su destino estaban escritos, pero la diplomacia dominicana pudo ser más valiente o irreverente.

En los palacios de infieles se chocan hoy las copas en señal de júbilo por el informe de la CIDH y creen que el gentilicio dominicano de esta no se recupera, que en lo adelante y por los siglos de los siglos esta tierra de primacías no podrá liberarse del estigma que significa saberse racista, xenófoba, sin poder definir ni defender su nacionalidad ni ejercer control sobre sus fronteras.

¡Qué equivocados están los títeres y titiriteros!, porque esta batalla, de la que se creen vencedores, ha servido para despertar conciencia sobre la imperiosa necesidad de luchar por la consolidación de la soberanía, la independencia y sobre todo, por la nacionalidad, si renunciar a la solidaridad con nuestros vecinos ni drenar los derechos de todos los inmigrantes.

El Nacional

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