En estos momentos de diatribas, zancadillas, estrategias, mentiras, verdades a media, intrigas, oportunismo, difamación e injuria y otras actitudes retrógradas, reflexiono y me apena la perspectiva del ejercicio periodístico en el país.
La comunicación deportiva, debo aclarar que es una de la más especializada y de mejor nivel profesional, también padece de la epidemia que amenaza a cada momento y de forma acelerada el ejercicio de este oficio, que acorde al ritmo de la sociedad dominicana padece una inversión de valores y descomposición en el plano ético y moral.
De nada vale ahora el sacrificio, desvelos, lecturas infinitas bajo la luz tenue de una vela, la preparación y esfuerzo intelectual para ejercer esta digna carrera, al parecer y como van las cosas, de nada sirven y de nada valen.
Ahora cualquiera se engancha a comunicador, analista o periodista de fuste sin siquiera haber pasado por una universidad ni en transporte público, sin leer un paquito de Hermelinda Linda y Aniceto; sólo hay que tener el dinero para arrendar un espacio en una emisora o canal de televisión y decir tres o cuatro estadísticas, regularmente leídas en periódicos del día, y ya, la graduación se consuma sin toga ni birrete.
Vivimos tiempos de apariencias en los medios, de superficialidades y de desprecio al cultivo del intelecto; de rostros bonitos y cirugías plásticas y nada en el cerebro, de explotar la condición homosexual en desmedro de las habilidades y capacidades en el plano comunicacional se privilegia vergonzosamente a quienes menos invierten en alcanzar una óptima preparación que pueda beneficiar a la colectividad.
Políticos, empresarios, deportados, prestamistas y demás copan los medios y nadie dice nada, cargados de deficiencias, de limitaciones propias del ignorante que incursiona en una rama sin tener el más mínimo criterio ni formación para su desempeño.
En la crónica deportiva también se presenta este cuadro que describo, aunque en menor grado. El amiguismo, el arte de tumbar polvo y excelso desempeño del servilismo abre puertas y no los méritos y capacidades manifiestas en el desempeño de la función de comunicador.
Por eso cuando veo el desempeño de jóvenes valores como José Luis Mendoza, Hansel Matthews, los hermanos Héctor y José Gómez, Johnathan Abreu, Julián Suero, Víctor Calvo o Melvin José Bejarán confirmo que no todo está perdido, que el verde de la esperanza está ahí, tangible, y capaz de alcanzar un mayor grado de profesionalización sin privilegios ni marginaciones.

