Si decidiéramos nuestro voto basados en lo visto en las campañas de los partidos, no me queda duda que lo anularíamos. No se tiene memoria reciente de campañas tan vacías y abúlicas, sin propuestas creíbles tanto del sector oficialista como de la oposición.
El voto es un acto cargado de significados culturales, que refleja en su orientación costumbres, hábitos, preferencias, filias y fobias políticas. Es decir, el voto también es resultado de un proceso sociocultural y político.
Los candidatos acuden raudos a besar niños mocosos y viejas sin dientes pero huyen el debatir en público los temas de la sociedad. Prometen mejorar las condiciones de vida de la gente, ofreciendo cosas a sabiendas de que no podrán cumplir. Al parecer, estos comicios dejarán las ovejas trasquiladas para dar su lana a los lobos.
En un país sin rendición de cuentas, donde las instituciones se debilitan de forma rápida e incesante, donde el descrédito ha alcanzado lo mismo a las instituciones civiles, militares y policiales, a los magistrados que a los partidos políticos, a grupos de la sociedad, religioso y hasta la misma prensa., entonces es poco lo que debemos esperar tanto en las municipales de febrero como en la presidenciales de mayo.
Todos debemos tener en cuenta que febrero no es mayo y que los resultados de uno necesariamente influye en el otro
Si en nuestro país tener seguridad pública es hoy poco menos que equivalente a sobrevivir, si tener solidez empresarial equivale a vivir ahorcado de gravámenes, si la política oficial consiste no en evitar la corrupción sino en hacer lo posible por impedir que se conozca, ¿por qué habríamos de esperar cándidamente algo mejor de los partidos políticos?.
Si un escenario como éste ha sentado las bases para una sociedad apática en sus tareas cívicas, la realidad es que llegó el momento de despertar y reflexionar, ¿por qué hemos de esperar que el crecimiento cívico-político provenga de partidos y candidatos, o de las desacreditadas instituciones?.
Ya no somos un país de niños recién salidos de una dictadura que no saben a dónde van. Somos una sociedad con varias décadas de democracia a nuestras espaldas que conoce las consecuencias y el valor de nuestros votos. Por eso, y a pesar de todo, aún creo en las urnas.
Porque las experiencias de otros países y sistema me han enseñado a que a pesar de las debilidades, la democracia sigue siendo el mejor ensayo político para vivir.

