Mayor General, E.N. (DEM)
Contra mí fuimos los dos, yo en
morir por quien me olvida y vos
en quitar la vida a quien se muere por vos;
para mí yo quedo pagado así,
pero vos
¿qué cuenta daréis a Dios?.
Gregorio Silvestre.-
Sábado Santo. Tarde sabatina que me inspiró tranquilidad y me hizo un llamado a la meditación. Tarde que al igual que las letras compuestas por José María Contursi, nos invitó a conversar con los recuerdos. Esos recuerdos de la niñez, de aquellos tiempos de la Semana Mayor y que hoy sólo son ramalazos furtivos de recuerdos entre nebulosas, que nos hacen dudar de si en verdad se produjeron pero que, aún borrosos, están asentados en la bitácora de nuestra vida.
Fue aquella una tarde de cuestionamientos, si se quiere, un alejarnos de este mundanal mundo y recrearnos en esa poesía española, llamada del Siglo de Oro, y acompañar al Conde de Salinas, Don Diego De Silva y Mendoza, quien dejó para la posteridad y quizás para tardes como aquélla, inspiración y calidad resumidas en estos versos: Este largo martirio de la vida,/ la fe tan viva y la esperanza muerta,/ el alma desvelada y tan despierta/ al dolor y al consuelo tan dormida;/ esta perpetua ausencia y despedida, entrar el mal, cerrar tras sí la puerta,/ con diligencia y gana descubierta/ de que el bien no halle entrada ni él salida;/ ( ) de que me han de librar esos tus brazos/ que para recibirme están abiertos/ y para no castigarme están clavados.
En esa sagrada tarde sabatina, la duda y los recuerdos confusos conformaron un torbellino que se agolpó en mi mente, sin osar siquiera preguntar, para estar seguro de si debo o no lo quiero hacer para no pecar, pero tampoco dejar de hacer lo que en verdad quisiera hacer, decir o preguntar sin que cuestionen mis creencias. Poseo ese sentimiento que lleva a reconocer los derechos, la dignidad, el decoro de una persona, institución o cosa y de abstenerme de ofenderlos, todo esto reconocido como simplemente respeto.
Mas, de así acontecer -ofenderlo-, sólo puedo lamentarlo, debido a que en el Sábado Santo yo me pregunté: ¿pero aquellas creencias con las cuales me críe y formé esa base familiar, que cual zapata consolidada de una edificación permanece inmovible ante las más increíbles agresiones, naturales o no, y que se formó en esa edad crítica entre los siete y doce años, qué les ha pasado?. ¿Qué ha sucedido?. ¿En qué momento las cosas fueron cambiando sin darnos cuenta?. Y sobre todo, para ponernos a tono con los tiempos: ¿hay culpables?, ¿quiénes son o fueron?.
Recuerdo en esa edad el desconocimiento total del latín y a qué se refería el sacerdote cuando expresaba: Per Sécula Seculorum, lo que sí sabía y respondía con fe y lleno de goce interior era ¡Amén!.
En este Sábado Santo no supe diferenciar entre el santo barón, padre de las indelicadezas y el cura que desde el púlpito, después de todos santiguarnos y leer el evangelio -me vuelven los recuerdos-, que acto seguido iniciaba sus palabras comúnmente así: en aquellos tiempos Jesús dijo a sus discípulos, y continuaba un momento de reflexión plena, conjugando el pasado, presente y futuro, fortaleciendo nuestras creencias en ese Dios, nuestro Creador, que fue, es y será nuestro guía máximo.
Pero qué pena, qué lástima que algunos sacerdotes confundan su rol y mal utilicen el altar, para en medio del sagrado acto litúrgico, convertirse o parecerse a un simple político irrespetuoso de las creencias cristianas, donde nos ofuscamos y no sabemos si escuchamos el sermón del cura o la arenga y protesta de un político cualquiera. ¿Y es acaso, que sería imposible separar los escenarios y sin dejar de luchar por las causas nobles, éticas y morales, expresar cada cosa en el lugar que le corresponde, manteniendo la majestuosidad, el respeto y la santidad del altar, dando al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios?.
¿Qué ha cambiado?. ¿En qué hemos fallado?. ¿En qué o en quién creo?. Tremendo dilema el que se me plantea entre creer y esta cruda, cruel y dolorosa realidad. Por eso hablé primero del respeto que me merecen todos, pero hoy es imposible callar esta frustración, este dolor de fe y después de tantas tardes y años rezando el Santo Rosario en familia, que hoy, la juventud desconoce. ¿Será esto parte de nuestros males actuales presentes en la sociedad?.
¿O será acaso que algunos pastores se desorientan en el camino y en este caso adquiere mucho más valor lo expresado por el Santo Padre Benedicto XV1 de que la Iglesia nunca puede confundirse con la comunidad política?. Podría perturbarme el pensar que se pudiese pensar algo contrario a lo que deseo expresar, que me preocupa, y peor aún, en ocasiones esas actuaciones hasta me hacen dudar de mis creencias, razón por la cual, aunque se le dé la interpretación que quien sea le quiera dar, no puedo callarlo, ya que eso sería sentir miedo y aunque siempre éste ha sido mi eterno compañero, el permanecer en silencio sería traicionar mis propias creencias y eso me resulta absolutamente inconcebible.
Mejor, me gusta más la canción de Tiziano Ferro, cuando canta: Me siento como quien sabe llorar a mi edad/ y agradezco siempre a quien sabe llorar de noche a mi edad, ( ) y porque Dios me ha sugerido que te he perdonado/ y lo que dice él, yo lo hago.
Culminó la Semana Santa con celebraciones que harán perpetuar y fortalecer nuestras creencias, recordando la eucaristía del Jueves Santo, la crucifixión de Jesús y su muerte el Viernes Santo y su resurrección en la vigilia pascual en la noche del Sábado Santo al Domingo de Resurrección.
Y aunque esta espinita me molestaba, la pasada tarde sabatina demuestra que para nada es tarde, por ejemplo para el amor y hay un amor valiente y hay un amor cobarde,/ pero, de cualquier modo, ninguno llega tarde. Reconozcamos nuestro amor a Jesús, sin que medien intereses y las cosas comunes y vulgares de los hombres. Así sea. ¡Amén! ¡Sí señor!.-

