María limpia en mi casa. Tiene diez años menos que yo y parece mi abuela. En sus piernas las varices parecen mapas a punto de estallar y no son “operables”. Vino del campo muy niña con su familia y se mudaron en un ranchito en La Barquita, hace ya de eso más de cincuenta años.
Lo que asombra en su historia es que todavía vive en La Barquita. Tiene cinco hijos. Una trabaja en La Zona, otro es electricista, y por ende condenado al chiripeo; otro estudió artes gráficas y por ende condenado al chiripeo, y hay dos desempleados. El marido chiripea vendiendo frutas y está ahora en Cedimat con una historia con la aorta que tampoco es operable. A ambos los sostiene la fe, porque son profundamente católicos, aunque su afán cotidiano de sobrevivencia tiene ya cincuenta años, en un país donde la movilidad social de los pobres es un mito.
Conocí a uno de sus nietos, alto, flaquísimo, siempre con hambre y experto en usar calipsos con medias, “secretario de la juventud” de un ventorrillo político, quien renunció a la política porque “no conseguía na” y ”los cuartos que se conseguían eran para el líder, y este no los repartía”. Ese nieto tiene 22 años, se llevó una muchacha de 16 y ahora malvive en un cuartucho sin piso de cemento, en una cañada donde todo el mundo tira la basura.
Mi corazón es un elástico a punto de estallar. Ya no quiero escuchar más historias terribles, más miseria anhelante, ya no me alcanzan los trapos, ni las sobras de comida, ni los zapatos sin estrenar, ni las fechas. Nada cambia, nada ha cambiado. Razón tienen los políticos tradicionales de afanarse: el Estado es su única manera de ascenso social, de rebasar la insignificancia social, de ser alguien.
El robo, la única forma legítima de adquirir bienes, frente a una oligarquía dueña del país que cree tener su monopolio de la propiedad , cuyos nombres todo el mundo conoce y repite como un mantra.
Siento una profunda sensación de hastío. He borrado de mi “disco duro” los nombres de Trump y Bolsonaro, y he abandonado los noticieros nocturnos, el CNN de Anderson y Ortega, que tanto complacen la estética visual de las mujeres, con una belleza masculina parecida a la de algunos dominicanos.
Veo ahora telenovelas turcas, intrincadas, agotantes, pero hermosas en su ingenuidad, en el manejo del erotismo entre hombres y mujeres. No se besan nunca, apenas se rozan, pero ¡qué apasionante Eros!
Pasa un Baton Ballet, la niñez hace un maravilloso ruido. Enciendo el árbol aunque es de día. ¡Es Navidad me digo! Y otra vez me apresto.

