Las proclamas e intentos por reformar la Policía Nacional han sido cíclicos y fracasados.
Esa circunstancia no parece haber llamado la atención de los sustentantes de tales intenciones en torno a las causas que han determinado tan precarios resultados. De transitarse idénticos caminos del pasado, que nadie espere acontecimientos con características diferentes. Lo previsible, de no abordarse el asunto por donde debe ser, es que la fatídica experiencia se reitere.
Se trata de que los de la Policía, como muchos de nuestros acuciantes problemas, no serán solucionados como derivación de intervenciones puntuales que estén aisladas de un contexto integral de transformación de la sociedad dominicana en su conjunto.
Es como si fuera un paciente afectado por septicemia y se pretendiere erradicar la infección solo en el dedo meñique de su mano izquierda. ¿Quién puede concebir que de esa forma recupere su salud? Sería esperar endulzar un océano con cucharaditas de azúcar.
La institución policial no ha podido ni podrá ser saneada mientras toda la institucionalidad de la nación permanezca pervertida. La desesperanza surge al constatar que la disposición mayoritaria para alcanzar ese propósito no se percibe.
Lo que es peor, cuando surgen atisbos de voluntad política para actuar en esa dirección, quienes la asumen son obstaculizados en esa batalla difícil, con la aviesa intención de dejarlos solos y que se plieguen a la malvada tendencia histórica de sucumbir ante una realizad presentada como inmutable.
El liderato mayor de la actual administración pública ha dado muestras inequívocas de deseos de materializar el cambio prometido. Apena, sin embargo, la ostensible ausencia de solidaridad y propósitos comunes incluso de personas y entidades partidarias llamadas a ser sus soportes esenciales.
Todavía prevalecen las nefastas prácticas de enarbolar promesas en tiempos de campaña que son abandonadas en las horas de poder. Las propuestas de espaldarazos legislativos a cambio de la integración inaceptable de órganos constitucionales. La visión del gobierno como patrimonio exclusivo de los victoriosos en contiendas comiciales.
Actuar bajo esas premisas evidencia miopía política aguda. Incomprensión absoluta de las nuevas características de esta sociedad. Incapacidad para dar lecturas correctas a las causas que determinaron más que triunfos electorales, derrotas de adversarios. No comprenden que ese camino es la dirección exacta para precipitados despojos de la conducción estatal.
Mientras no sean asumidos esos imperativos ineludibles, insistir en meros parches de estamentos públicos, no dejará de ser una lastimosa manera de reincidir en las miserias de siempre.
Por: Pedro P. Yermenos
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