Opinión

Salud en Línea

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Don Antonio Guzmán

Aquella noche trágica del 3 de julio de 1982 alrededor de las 11:30 de la noche, me correspondió recibir y tratar de emergencia en el antiguo Hospital Dr. Enrique W. Lithgow Ceara (antiguo Marión) al hombre dominicano más importante de la época, don Antonio Guzmán Fernández, presidente de la República.

Apenas una semana antes, en el mismo lugar pude estrechar su conservada mano derecha, pues había asistido a la instalación del programa de Residencias Médicas de las Fuerzas Armadas y Policía Nacional (programa para formar especialistas en cirugía y medicina interna) que por primera vez ocurría dentro del seno de nuestras instituciones castrenses y policiales.

Don Antonio -como solía llamársele en nuestro ambiente-, constituyó parte de mi formación profesional, pues fue él quien me nombró como agregado a la embajada dominicana en Argentina con la intermediación del licenciado Hatuey De Camps, presidente de la Cámara de Diputados entonces, lo que me permitió complementar mi estadía en ese país junto a mis funciones como primer teniente médico de la Policía Nacional.

Fue para mí de gran impacto aquel 3 de julio de 1982, cuando estando de jefe de servicio en el antiguo Hospital Marión, me llama el encargado de la central telefónica a la habitación del médico de servicio, para decirme que enviara “urgente una ambulancia al Palacio Nacional”, y sin averiguar la motivación me apresuré inmediatamente a cruzar el patio del hospital hacia la parte posterior donde en una amplia habitación se recostaban los alistados y choferes que prestaban servicio.

Retornando de la parte trasera del hospital, fue una sorpresa recibir la caravana presidencial con el automóvil placa oficial 01 delante, entrando al hospital, y donde su cuerpo de ayudantes encabezado por el general Nabucodonosor Páez Piantini E.N. y el coronel Luis Rosario E.N. me gritaban: “Doctor venga, al sillón de atrás, es el presidente don Antonio que está herido”.

Cuando vi aquel señor fuerte con una chacabana rosada llena de sangre pude -con la ayuda del personal- trasladarlo a una de las camillas de emergencia, logrando “intubarlo” y colocarle un suero endovenoso en lo que llegaban los neurocirujanos que había ordenado llamarles.

Fue una gran emergencia médica donde inmediatamente se presentaron el general Antonio Imbert Barrera, el jefe de la Policía, Paulino Reyes de León, luego el secretario de las FFAA, teniente general Mario Imbert Mcgregor y fueron llegando otros funcionarios incluyendo al vicepresidente Jacobo Magluta, doña Renée Klang y su hija Sonia.

En este momento difícil las “precariedades hospitalarias” no dejaron de sentirse en el manejo médico del hombre más importante del país, pues como jefe de servicio, tuve que salir al Hospital Salvador B. Gautier a buscar prestado un respirador automático, para poder mantenerlo con vida hasta las 4:30 a.m. del 4 de julio 1982, cuando dejó de respirar voluntariamente.

A los 36 años de esta sensible pérdida, todavía mantengo en un lugar privilegiado de mi hogar, el acta de defunción “original” que firmamos junto a su hermano el doctor Guzmán Fernández director dela Cruz Roja Dominicana y el doctor Frank Joseph Thomén como testigos. Descanse en paz don Antonio.

El Nacional

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