San Salvador. EFE. El arzobispo Óscar Arnulfo Romero se erige hoy en el santo de miles de salvadoreños que, al cumplirse 30 años de su asesinato, siguen evocando su mensaje y lo recuerdan como quien denunció desde su doctrina lo que pocos se atrevían a decir.
Monseñor nos representa a nosotros, declaró a Efe el catedrático salvadoreño Dagoberto Gutiérrez, para quien los santos del pueblo son los santos y ésta es una elevación inevitable».
Los devotos del llamado Santo de América lo visitan en su tumba y le piden milagros, aunque en El Salvador actual los favores están referidos a la situación económica, un trabajo o protección ante la delincuencia, y no a los de un país que en 1980 estaba a las puertas de una guerra civil que duró 12 años y se cobró unas 75.000 vidas.
Siempre defendió a su pueblo, recordó Alonso Huezo, de 74 años, mientras hablaba a un grupo de personas sobre la vida de Romero en la cripta de la catedral, adonde llega cada semana para orar ante la tumba del prelado asesinado.
Romero fue investido arzobispo en 1977 y durante su apostolado fue conocido como la voz de los sin voz, por su mensaje teológico y sus constantes llamadas a la cordura en aquellos convulsos años previos a la confrontación salvadoreña (1980-1992).
El magnicidio ocurrió en los albores de este conflicto, un momento en que la organización popular se intensificaba y las fuerzas estatales, de corte militar, la contrarrestaban con balas.
Lloraba a la par de las personas y reaccionaba tomando actitudes de defensa para esa gente, indicó Huezo, y confesó que en varias ocasiones presenció cómo había feligreses que llegaban hasta Romero buscando consuelo por el asesinato o desaparición de un familiar.
Pese a que describió al religioso como un hombre tranquilo y de un hablar pausado, recordó la potencia de sus homilías.
Monseñor Romero ya no era monseñor Romero, estaba elevado, relató sobre los últimos meses del jerarca.
En esta percepción coincidió monseñor Ricardo Urioste, presidente de la Fundación Romero, que destacó su valentía».
Monseñor Romero se puede decir que hasta era un hombre tímido. Cuando estaba en un grupo informal, él casi no hablaba, no decía nada, pero cuando llegaba al púlpito, él se transformaba, como que el Espíritu Santo tomaba posesión de él y lo hacía hablar como hablaba; era un hombre transformado en ese momento, relató.
Un día antes de ser atacado por un pistolero mientras oficiaba misa en la capilla de un hospital para enfermos de cáncer reclamó el fin de las muertes.
Quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejercito y, en concreto, a las bases de la guardia nacional, de la Policía, de los cuarteles. Hermanos, son de nuestro mismo pueblo, matan a sus mismos hermanos campesinos y ante una orden de matar que dé un hombre, debe de prevalecer la Ley de Dios que dice- No matar, afirmó el entonces arzobispo el 23 de marzo de 1980.
En esa intervención también advirtió sobre una especie de sociedad anónima en que nadie se quiere echar la culpa y todos son responsables, y, sin tapujos, indicó- Todos somos pecadores y todos hemos puesto nuestro grano de arena en esta mole de crímenes y de violencia en nuestra patria».
Huezo, un contable retirado, destacó que el pastor de América, el Santo de América, dormía en una cama de aproximadamente 80 centímetros de ancho, y que nunca tuvo nada para él».
Monseñor Romero es el más grande de todos los salvadoreños, no hay nadie que se le pueda comparar, dijo por su parte a Efe Rafael Nieto, quien atiende un bar en San Salvador y tenía 13 años cuando se enteró del asesinato de Romero, el 24 de marzo de 1980.
Lo mataron en misa
El obispo Oscar Arnulfo Romero era admirado en gran parte de América Latina por su vehemente defensa de los mejores intereses de los salvadoreños.
Lo asesinaron a balazos el 24 de marzo de 1980 cuando celebraba una misa, en medio del conflicto armado que desangraba al pueblo de El Salvador.

