Guillem Martínez Pujol
Pekín, (EFE).- Hace tiempo que China va adoptando cada vez más costumbres occidentales y el Día de los Enamorados, San Valentín, es una de las que más ha calado entre los locales, a pesar de que la crisis económica ha hecho mella en el consumo desaforado con el que los chinos celebran esta fecha.
Menos ostentación, decoración más modosa, menos tonos pasteles por las calles, pocos corazones dibujados y menos rosas vendidas.
Zhang así lo corrobora. Ramos en mano, el vendedor de flores se pasea por Wangfujin, una de las arterias comerciales de la capital china, a la caza de parejas y asegura que su negocio ha bajado respecto al año pasado.
Las estadísticas oficiales, no obstante, contradicen al vendedor- la oficina de Asuntos Civiles de Pekín, encargado de registrar las bodas, asegura haber recibido 2.000 reservas de parejas para casarse hoy, casi tres veces más que en 2008.
Los chinos han adoptado el occidental San Valentín como patrón de los enamorados y, aprovechando que este año la festividad cae en sábado, centros comerciales y restaurantes ofertan packs románticos».
Los comerciantes aprovechan para sacar su parte del pastel y apartan cualquier atisbo de la tradición de intercambiar notas de amor y amistad por San Valentín, fiesta nacida en Inglaterra en el siglo XIV.
La nueva tradición china -es un decir, hace tan sólo una década San Valentín apenas se celebraba en China- dice que las chicas deben regalar chocolate y los chicos comprar flores a sus parejas, aunque joyas, bolsos o ropa también son bienvenidos. Todo sea por el consumo.
Nada ni nadie en China se resiste a celebrar el amor. Hasta el histórico restaurante Quanjude -145 años asando su famoso pato laqueado- se ha sumado a la moda y propone menús especiales con pastel y vino para los enamorados.
Tenemos todo lleno. Las reservas han aumentado un 20 por ciento respecto al año pasado, aseguran en el restaurante Buffalo, un establecimiento a orillas del lago Qinghai, en pleno centro de Pekín.
Por 699 yuanes (102 dólares, 79 euros) por cubierto, el establecimiento ofrece cena romántica, el mejor vino y espectáculo latino con baile».
Otras opciones, a un precio más modesto, incluyen una botella de vino, una rosa y dos horas de patinaje sobre hielo por poco más de 100 yuanes (15 dólares, 12 euros).
Sin embargo, estas cifras se alejan bastante del alcance de los chinos de a pie, que como mucha gente en todo el mundo, notan en sus bolsillos los efectos de la crisis.
He venido a ver a mi novio, que estudia en la universidad. Iremos a ver la Gran Muralla, El Nido del Pájaro y otras instalaciones olímpicas, pero sin gastar mucho, explica una joven, apellidada Zhu y procedente de Henan, en el centro del país.
Para que nadie se quede sin celebrarlo, también se organizan citas rápidas para aquellos solteros que confíen en hallar hoy a su media naranja entre 25 aspirantes del sexo opuesto, más del doble de las personas que puedes conocer en una noche».
Otra adolescente pekinesa, Wang, cuenta que su novio la va a llevar primero al cine y luego la invitará a cenar.
Preguntada acerca de San Valentín, Wang explica que se trata de una tradición que aquí celebran mucho, porque en China no hay costumbres especiales de enamorados aunque eso no sea del todo cierto.
Lo que Wang, y con ella millones de chinos, parecen haber olvidado ante la avalancha de los corazones occidentales del 14 de febrero es que los enamorados chinos ya tenían su propia fiesta.
El Qixi (Fiesta de la Séptima Noche), que se celebra el séptimo día del séptimo mes lunar y que cuenta la leyenda de la costurera Zhinu, apartada de su amado Niluang por un hechizo de los dioses y con el que sólo se puede reunir cuando las estrellas del firmamento están más cercanas, precisamente ese día del año.

