Ciudad del Cabo, (EFE).- Diego Armando Maradona murió con
sus ideas, un equipo volcado en ataque, empeñado en buscar el área
rival, dotado de muchos quilates ofensivos en detrimento de otras
facetas del juego, un gigante con pies de barro que Alemania
derrumbó con estrépito.
La goleada en cuartos de final contra los germanos (0-4) arrasó
con la imagen que venía dando el equipo, una apuesta descaradamente
ofensiva, conducida por Lionel Messi y secundada por Gonzalo Higuain
y Carlos Tévez.
Contra Alemania no bastó con eso. El equipo había tapado hasta
ahora sus carencias bajo el manto de los goles, había suplido a base
de ataque un centro del campo débil e inconsistente, una defensa
envejecida y lenta, un equipo deshilachado.
Joaquim Löw supo ver que Argentina era un equipo roto, que
pensaba sólo en atacar sin preocuparse del resto. Leyó sus carencias
y aplicó el manual a la perfección, llevó la batalla al centro del
campo, maniató la zona de creación, anuló a Messi y aplicó la
velocidad al ataque para poner en evidencia a la defensa.
Argentina no pudo atacar como había hecho hasta ahora y,
desposeído de su escudo, se encontró desnuda.
La goleada abre el debate sobre la continuidad de Maradona, una
cuestión que había quedado supeditada al bien del equipo, pospuesta
por los triunfos y la euforia.
Pero el técnico ha mostrado sus limitaciones. Ha sabido crear un
grupo, motivarlo hasta los mayores límites posibles, convertirlo en
un grupo dedicado en cuerpo y alma a la camiseta y, así, cerrar toda
polémica, acabar con toda disidencia.
Todos iban tras el mismo fin, la victoria en el Mundial, por el
mismo camino, el trazado por Maradona, con las mismas armas, su fe
inquebrantable en la victoria y la calidad incuestionable de sus
delanteros.
Pero la senda trazada por Maradona no llevaba al camino soñado, a
volver a levantar la Copa Mundial 24 después de que el «Pelusa» lo
hiciera en México. Ni siquiera sirvió para regresar a las
semifinales 20 años más tarde. La Argentina de Maradona se quedó en
cuartos, como hace cuatro años la de José Pekerman, contra el mismo
rival, Alemania.
Ahora habrá que pensar si Maradona es el mejor técnico posible
para dirigir al equipo fuera del contexto de un Mundial. Ahí,
Maradona demostró que se las sabe todas y puso al equipo como una
moto en pos de la victoria.
Pero la difícil clasificación para Sudáfrica, conseguida «in
extremis», genera dudas sobre la capacidad del actual seleccionador
para liderar el día a día de la selección.
Y su derrota ante Alemania invitan a pensar que la reconversión
del «Pibe de Oro» en técnico tiene sus límites.
Las carencias que mostró ante Alemania estaban en los partidos
anteriores, pero entonces fueron casi anecdóticas porque el equipo
goleaba.
Comenzó bien contra Nigeria, a la que ganó por la mínima pero a
la que pudo endosar una goleada. Un tanto de Gabriel Heinze de
cabeza al saque de un córner fue el único premio que se llevó
Argentina de su debut, pese a que Gonzalo Higuain malogró un puñado
de ocasiones creadas por Messi y el propio rosarino se estrelló
contra un inspirado portero Enyeama.
Mejoró en el segundo partido frente a Corea del Sur, cuando el
torrente ofensivo que es Argentina encontró el camino de la red. El
4-1 fue justo, pero el equipo se encontró pronto con un gol a favor
logrado en propia puerta por el asiático Park Chu Yueng.
Argentina goleó en un partido en el que fue cuesta abajo y donde
Higuain estuvo pletórico de oportunismo, lo que le permitió lograr
tres goles. Pero la auténtica estrella fue Messi, el artífice de los
tantos. Él los creó e Higuain los consiguió.
Las dos victorias hacían que Argentina tuviera casi asegurada su
clasificación para octavos de final, por lo que Maradona decidió dar
descanso a algunos de sus titulares en el tercer encuentro. Pero no
a Messi.
Contra Grecia, los teóricos suplentes salieron a comerse el campo
y el equipo no padeció el asedio de los helenos, así que se conformó
con un tanto del defensa Martín Demichelis y otro de Martín Palermo,
que aprovechó los últimos minutos del encuentro para dejar su
impronta en su primer Mundial.
Luego vino México, que le plantó más cara y, por fases, dominó a
Argentina. Pero que se encontró con un injusto gol en contra,
logrado por Tévez en fuera de juego y se desquició.
Su fútbol fue indolente ante la contundencia ofensiva argentina.
México disparó perdigones ante los misiles albiceletes. El 3-1 final
alimentó más la euforia y retrasó los debates.
Así llegó Argentina al partido ante Alemania. Con mucha
autosatisfacción y nada de crítica. Ante un rival de peso se
derrumbó por falta de bases sólidas.

