Las reacciones a la propuesta del Fondo Monetario Internacional, en el sentido de que República Dominicana realice un ajuste fiscal no se han hecho esperar. Todos sabemos que en boca del FMI la palabra ajuste significa aumento de impuestos, y, por supuesto, todos estamos reaccionando de igual forma.
Es bueno estar claros en algo: al FMI sólo le interesa que los países bajo su supervisión cumplan con el pago del servicio de la deuda externa. Hay razones de sobra para que el FMI haga esa sugerencia. Empezamos por el actual déficit fiscal, seguimos por la prevista reducción de los ingresos fiscales para el 2009 y con las demandas presupuestarias de distintos estamentos del Estado. Es un panorama oscuro para el manejo de las cuentas públicas y hay razones para preocuparse con el pago de la deuda en el corto plazo.
Pero resulta lamentable que se proponga la presión ejercida por la política monetaria como excusa. La idea es que captará por vía impositiva el excedente de circulante que la política monetaria trata de mantener fuera de circulación.
Sin embargo, ésa no es la respuesta correcta. Las altas tasas de interés de los certificados de depósitos del Banco Central responden a la necesidad de conservar los actuales niveles de captación de esa entidad en vista a la sucesión de vencimientos en certificados emitidos. Los dominicanos podemos olvidarnos de una reducción en las tasas del Banco Central hasta el segundo trimestre del 2009, ya que en los próximos meses se produce la cancelación sucesiva de certificados. La política fiscal no va a poder influenciar a tiempo.
En cambio, un aumento de la presión tributaria implicaría contracción notoria en el consumo, en el momento en que la economía más lo necesita.
En medio de esta crisis, la inversión y el consumo deben ser incentivados para paliar los efectos de la recesión global y el congelamiento de la inversión extranjera. El turismo va a necesitar del mercado local para compensar la pérdida de demanda internacional; las industrias de exportación van a necesitar más capital para enfrentar los efectos de la deflación; todo el comercio local va a necesitar consumidores con dinero en mano para enfrentar el impacto de la reducción de remesas.
El Gobierno está en aprietos. Esta crisis que no le pudo llegar en peor momento. Debemos reconocer, sin embargo, su éxito para disipar el pánico generalizado. Por un lado debe mantener la estabilidad de la tasa de cambio, por otro debe tratar de reducir el actual déficit fiscal y, al mismo tiempo, incentivar el consumo y la inversión.
Se habla de una congelación del presupuesto del 2009 a los niveles de este año, una excelente medida. La meta debe ser generar superávit fiscal. Una tarea difícil por una inflación en dos dígitos y una horda de lambones sedientos por una parte del pastel del Estado. Nunca en casi 9 años gobernando, el Presidente había enfrentado un reto de esta magnitud y hoy requiere de medidas drásticas para tomar al toro por los cuernos.
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