Por mandato constitucional, el Senado de la república se apresta a seleccionar los integrantes de la Junta Central Electoral. Para hacerlo, ha establecido un procedimiento muy interesante. Concedió la posibilidad de que organizaciones de diversa naturaleza hicieran propuestas. Organizó vistas públicas para que sustentaran a sus postulados y una comisión designada al efecto sostuvo entrevistas individuales con los candidatos.
Como puede apreciarse, el mecanismo es muy idóneo. Vía abierta, participativa, democrática y plural. Viabiliza la oportunidad de que la sociedad en su conjunto forme parte de la integración de una institución importante para el fortalecimiento democrático, y eso habla bien del poder político del Estado que, de esa forma, se muestra en disposición de que el proceso para su elección, sea dirigido por personas electas de esa manera.
Al haber sido postulado por el Centro Juan XXIII y por Dominicanos por la Integridad, el jueves pasado acudí a la entrevista ante la comisión especial y puedo dar fe y testimonio de que estuvo caracterizada por mucha rigurosidad, profesionalismo y disposición de dar serio cumplimiento a la encomienda recibida. Todo, desarrollado en un plano de respeto, con preguntas y comentarios bien estructurados y discusiones francas, abiertas y democráticas.
Al salir de la entrevista, fui abordado por un grupo de periodistas y reporteros, los cuales me cuestionaron sobre mi valoración del proceso que se estaba efectuando. En sentido general expresé, como era lógico, las consideraciones que he escrito más arriba. Sin embargo, adicioné otros juicios que pretendo reiterar en esta ocasión.
Sostengo, que la evaluación final del procedimiento que agota el Senado debe vincularse a lo que termine siendo la selección que haga ese Órgano de los integrantes de la JCE, porque una cosa está indisolublemente conectada con la otra.
Si esa selección se hace como una consecuencia natural del proceso que se ha llevado a cabo, el país en pleno deberá aplaudir de pies al Senado y todos los postulados estaremos en el deber de refrendar el mecanismo, con independencia de haber sido o no designados.
Ahora bien, si el camino transitado se echa a un lado, y la elección se hace a partir de mecanismos que le son ajenos, entonces habremos asistido a una farsa absoluta. Hay que decir que la tradición ha sido que así ocurra, y por eso existe tanto escepticismo. Ni los profesionales de tanta valía como los que postularon, ni la democracia dominicana, se lo merecen.

