La Semana Santa de 1986 fue una semana electoral. Las encuestas eran auspiciosas para Jacobo Majluta. Le daban más de un 60% al virtual ganador. Llegaron a otorgarle un 70%. Estos pronósticos despertaron euforia y júbilo en los seguidores del candidato del PRD.
Los reformistas, aparentemente relegados, se mantenían en pie de lucha. Alternativamente estancados y entusiasmados, acortando distancia del puntero PRD. Balaguer, a decir de los analistas, sin posibilidades, estaba prácticamente liquidado.
Una mezcla de euforia y encuestas. Una conjura de periodistas, estrategas, encuestadores y políticos. Engañosa en tanto conjura. Triunfalismo como efecto. Todo visto desde el Distrito Nacional, centro urbano que siempre pretende imponer sus directrices.
Pero la Semana Santa, así como consagra y rescata las tradiciones cristianas, es una suerte de frontera que separa, en las contiendas electorales, los resultados virtuales de los reales. Aquel 1986 fue así.
Me cabe rememorar, como testigo de excepción, vivencias de los acontecimientos que dieron al traste con un triunfo inminente e irrefutable. Como parte del comando élite de comunicación de Majluta, tuve la oportunidad de conocer interioridades de la campaña, por lo menos en la parte que me tocó compartir con los colegas Pedro Caba, Rachid Zaiter, Euripides Herasme Peña, Luis Armando Asunción, Juan José Ayuso, Felifrank Ayuso, Ricardo Winter, Violeta Yangüela, Mary Kasses y Jose Rafael Vargas.
Semana por semana, crecía el entusiasmo. Lo que empezó como una mesa de discusión, con serias y serenas ponderaciones, se había transformado, por efecto de las encuestas, en sesiones de repartición de cargos. Embriagados de triunfo, nos tomó de sorpresa la Semana Mayor.
Me fui a recorrer las playas del litoral norte. Siete días viajando por campos y ciudades desde Samaná hasta Montecristi nos abrieron los ojos. Despertar y ver una realidad que los periódicos ni la televisión difundían. Balaguer no estaba acabado. Teníamos a un buen candidato. Los reformistas reivindicaban un sentimiento. Vivimos en dos países, uno virtual y el otro real y tozudo como el plátano.
Reiniciadas las sesiones del comando élite, reporté la experiencia. No estamos tan ganados como dicen las encuestas, concluí. Más que de alerta, la reacción del grupo fue de rechazo. Sólo Violeta Yangüela y Yiyo Herasme me concedieron el beneficio de la duda, invitando a ponderar las observaciones y temores. Pero la moción fue rechazada de plano. La población rural se había reducido en relación con la década anterior, concentrando el mayor número de votantes en las grandes ciudades, fue el argumento esgrimido para invalidar mis empíricas y pesimistas observaciones
En respuesta al atrevimiento de poner en duda el seguro triunfo, fui sacado del grupo. De manera sutil. Por disposición superior, me colocaron al frente del equipo de comunicación y propaganda del candidato a síndico Rafael Suberví.
Huelga continuar este relato. La historia está escrita. Balaguer ganó. Suberví fue electo síndico del Distrito por el cuatrienio 86-90
