Editorial

Serio problema

Serio problema

En menos de dos meses, Migración de Estados Unidos ha deportado a 346 dominicanos que cumplieron condena por narcotráfico, asesinatos, asaltos y otros crímenes, lo que proyecta una cifra superior a los dos mil repatriados al finalizar el año.

A esa alarmante cantidad se agregan otros miles deportados en los últimos años, muchos sin cumplir las penas impuestas por cortes penales estadounidenses, lo que ha conformado un preocupante inventario de dominicanos que retornan con espeso prontuario delictivo.

El número de repatriados se ha incrementado en un 39 por ciento, lo que indica que autoridades judiciales y de inmigración de esa nación están decididas a limpiar sus cárceles y calles de delincuentes que son enviados a República Dominicana y otros destinos.

Miles de dominicanos que hoy regresan con grilletes y el rostro cabizbajo, alguna vez  viajaron a Estados Unidos con el anhelo de cumplir el mentado Sueño Americano, de ventura y prosperidad, pero en vez de eso, la vorágine consumista de esa gran nación los hundió en pantano de delincuencia y criminalidad.

Ante masivas y continuas deportaciones de convictos por narcotráfico y crímenes violentos, la sociedad  nacional confronta un serio problema de deterioro de la seguridad ciudadana, en razón de que una cantidad se incorpora casi de inmediato a la criminalidad.

Se destaca, sin embargo, que muchos de esos reos optan por reincorporarse a la vida útil y productiva, aun con los obstáculos que deben vencer a causa de su pasado delictuoso, por lo que gobierno y población deberían siempre estimular ese tipo de reinserción social.

Las deportaciones continuas e indiscriminadas de miles de  convictos entrenados en la  más variable gama de la violencia delincuencial y criminalidad, es como echar leña de manera constante  al fuego que agobia a la sociedad dominicana.

Puede decirse que Estados Unidos se ha convertido en gran centro de entrenamiento de inmigrantes convertidos en delincuentes que luego envía a sus respectivos países para  que incendien las praderas del sosiego ciudadano. No es justo pues, que un recurso humano que se recibe sano y productivo, se pretenda devolver como mercancía podrida.

El Nacional

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