Hasta los chinos de Bonao saben que República Dominicana lleva todas las de perder en un roce, evitable o inevitable, con Estados Unidos. La nación no es solo nuestro principal socio comercial, sino la primera potencia económica y militar del mundo. Pero que estemos alineados con su Gobierno, o en su órbita, no significa, sin necesidad de invocar soberanía, que tengamos que pedirle permiso para defender nuestros principios políticos.
El alboroto que trató de crearse sobre la presencia de un funcionario del Gobierno en la IV Reunión en Defensa de la Democracia que se acaba de celebrar en Barcelona, España, carece de sentido. En el evento se abordaron las prácticas que socavan el sistema político que han sido condenadas en los últimos tiempos por el Tío Sam.
Que el encuentro fuera promovido por los presidentes del Gobierno de España, Pedro Sánchez, y de Brasil, Lula da Silva, no lo deslegitima. Nadie ignora que la deriva autoritaria, los populismos, la polarización, la corrupción, la incompetencia para enfrentar las desigualdades y la debilidad de las instituciones, sobre todo del Poder Judicial, están entre los factores que erosionan las democracias. Y que es casi perentoria la necesidad de proteger las instituciones democráticas, afrontar la desinformación y el reforzar el multilateralismo ante el actual contexto.
El Gobierno dominicano ha sido un abanderado de valores democráticos, Estado de derecho y de cooperación entre naciones para enfrentar desafíos comunes. Hubiera sido censurable que por temor a la reacción del presidente estadounidense, el país se hubiera abstenido de participar en un encuentro convocado para promover los principios que ha defendido.
La embajadora de Estados Unidos, Leah Francis Campos, tiene pleno derecho a disentir del encuentro, aunque no haya sido el primero que se ha celebrado para apuntalar la democracia. El sesgo ideológico con que lo abordó al verlo como una iniciativa de la izquierda global y no de países democráticos torna más trascendente la discusión. Pero la realidad es que la desinformación es uno de los males que corroen el sistema político. En el pasado, al menos por aquí, se usaban el rumor, el pasquín, el panfleto y otros medios como instrumentos de manipulación, pero hoy el espacio ha sido ocupado por noticias falsas que circulan a través de canales más sofisticados.
República Dominicana, sabiendo que Estados Unidos es su principal socio comercial y la sensibilidad de Donald Trump, no tenía en la Reunión de Barcelona que adherirse al coro contra la política del mandatario estadounidense. Pero sí hacer causa común con los principios de la democracia.

