La erupción del terrible volcán llamado Jair Bolsonaro, cuyas lavas incandescentes están a punto de diezmar toda la geografía brasileña, no puede, bajo ninguna circunstancia, valorarse como un fenómeno aislado ni mucho menos exclusivo del gigante sudamericano.
El clímax de su estallido, manifestado en la inminente conquista de la presidencia de su país, constituye un acontecimiento absolutamente comprensible, lógico y natural en tanto y en cuanto es consecuencia de una concatenación de causas que están a la vista de quienes asuman la responsabilidad de identificarlas. Pocos lo hacen.
Esa conducta de negación es grave, la mayoría de las reacciones ante lo que ocurre en Brasil y en otras latitudes se reduce aun intento por eludir las razones fundamentales que lo explican y tal comportamiento se hace como mecanismo de defensa para evitar recibir los señalamientos acusatorios que caerían contra quienes han hecho posible que se produzca este retroceso ideológico y el altísimo riesgo que esos países están corriendo.
Alegar que el ascenso político de personajes de esta catadura se debe al apoyo de racistas, homofóbicos, misóginos y xenófobos, es una explicación simplista del problema al margen de que miles de votantes con esas características respalden tales opciones electorales. Una tesis tan superficial como esa se caería con la elemental comprobación de que dentro de esos ciudadanos se cuentan muchísimos que poco antes votaron por quienes hoy son rechazados. ¿Adquirieron esos rasgos de personalidad con posterioridad o los motivos andan por otros lados?
El síndrome Bolsonaro, presente en cada vez más procesos políticos, no puede ser comprendido sin admitir el fracaso de modelos de conducción de Estados que no han podido dar respuestas satisfactorias a los más acuciantes problemas que abaten la humanidad y que con el transcurrir del tiempo se manifiestan de formas cada vez más diversas y novedosas.
En la búsqueda de esas soluciones, la gente ha agotado las ofertas contenidas en los menús tradicionales de todo el espectro ideológico, muchas veces depositando una carga inmensa de ilusiones que a poco andar se derrumban ante la dicotomía entrepromesas formuladas y prácticas asumidas.Por eso han ido
incrementándose los casos de dirigentes que han transitado el recorrido trágico de la gloria a las ergástulas.
Ante tan colosal desilusión, mientras más estrambóticos y diferenciados de lo común sean los discursos, mayor potencial de seducción tienen ante una ciudadanía exhausta de tanta falsía y doble moral. Hasta la siguiente frustración.

