Los haitianos y haitianas pueden, en término de creencias, decir que su dios está anclado en la conciencia servil de los gobiernos dominicanos, convertidos en deidad prodigiosa que le ha puesto en sus manos un recurso más que poderoso: la suplantación de la mano de obra dominicana, y todo lo que de allí se deriva: exclusión, atropello, y humillación colectiva, y uso desmedido de recursos de los impuestos que pagamos.
¿Hay algo peor que esto, y más cuando te ocurre en tu propio territorio? Carecemos de lo que sería una respuesta siquiátrica profesional, pero la verdad es que hay jefes de Estados que odian a sus pueblos. En Dominicana este es el caso.
Toda esta situación tiene culpables con nombres y apellidos. La migración haitiana, que no es una migración cualquiera, sino una migración que ha jurado que esto es suyo, y lo reclama, no sería tal, si los gobiernos, principalmente de Leonel Fernández (Leonel para hacerse atractivo en su vileza, regaló, y no de sus bolsillos personales, una universidad a los haitianos) y Danilo Medina (este último parece querer superar a su antecesor en todo aquello que cercene la soberanía dominicana) no lo hubieran facilitado su llegada como una invasión.
Ya los haitianos eran numerosos, y solo faltaba la aplicación de políticas migratorias para hacer la repatriación, pero lejos de esto, estos dos gobiernos, en el discurrir de unos 18 años, aproximadamente, han hundido a la nación dominicana abjurando de su historia de independencia y soberanía, para colocarla deliberadamente a los pies de la migración y del gobierno haitiano. Este es un crimen.
