Todos los días los medios de comunicación nos informan de escándalos relativos a la violación de la privacidad y al incremento de los métodos más sofisticados para mantenernos, no ya a las instituciones, sino también a los individuos, bajo la mirada del poder. Esta situación, que todavía algunos creen cuestión de novelas de Isaac Asimov, es una realidad que se deriva de las nuevas estrategias de dominación y redefine los viejos recursos del espionaje a nivel mundial.
En el estado hipnótico que ha colocado la cultura virtual a la humanidad, los mecanismos de control y vigilancia se hicieron cosa fácil. Pero además surgió una especie de erotización de los medios. El sujeto desea ser controlado. Se expone voluntariamente en una perversión de la intimidad que diluye lo público y lo privado.
Hace unos años un caníbal solicitó por la red a sus víctimas, y recibió cientos de correos de voluntarios a ser comidos. La enfermedad mental colectiva denunciada por la anti-psiquiatría es ahora la norma con su secuela de síntomas, donde el más peligroso para la supervivencia del grupo es la desensibilización ante el horror y el crimen.
Ya no es posible discutir sobre los mecanismos de manipulación y control cuando el sujeto se ofrece voluntariamente a ser intervenido, desea su GPS para hacerse ubicable.
El concepto de libertad que fue parte del slogan de la emergente y revolucionaria burguesía francesa, o la condena a ser libre como un imperativo de condición misma de sujeto, ha llegado a su ocaso.
En una sociedad hipervigilada debemos revisar los límites de la libertad, o parafrasear al Dr. Guevara de la Serna: cuando los intereses del poder no estén afectados, seremos libres, si los intereses del poder están afectados seremos reprimidos. Esa es la divisa de la democracia en una sociedad panóptica.
