A raíz de celebrarse este 1ro. de enero la Jornada Mundial de la Paz, donde el Papa Francisco hizo un llamado a acoger a migrantes y refugiados, y a considerarlos miembros de una única familia humana y a ayudarles a alcanzar la paz y una vida digna, dado el creciente número de desplazados a consecuencia de conflictos armados y guerras que han provocado este terrible drama humano de las migraciones.
Cabe señalar que también se producen migraciones no solo por guerras y violencias sino también por factores económicos ya que las personas siempre aspiraran a mejores condiciones de vida y un mejor porvenir. Como personas de fe y país eminentemente cristiano estamos conscientes y hemos demostrado que somos un pueblo solidario que ha acogido y dado albergue a través de la historia a comunidades extranjeras, entre ellos españoles, judíos, árabes, venezolanos, haitianos entre otras nacionalidades.
De eso no debe caber la menor duda, incluso cuando esto ha querido ser cuestionado injustamente por organismos internacionales y algunos países extranjeros, algunos de ellos beneficiados de primera línea, desconociendo así nuestra buena voluntad y derecho soberano de aplicar nuestras leyes como país libre, democrático e independiente que somos, y que para sorpresa de muchos, no estamos exigiendo ni aplicando nuestras leyes con la rigurosidad que ya imponen las circunstancias antes de que este problema se nos escape de las manos.
Como país pobre, no podemos cargar solos con las demandas sociales y de salud del pueblo vecino, pues nadie que gaste por dos y solo cobre por uno es sostenible en el tiempo. Lo menos que merecemos es que se nos reconozca nuestra solidaridad, pero también nuestro derecho de aplicar nuestras leyes, nuestra soberanía, que corresponde al pueblo, de quien emanan todos los poderes del Estado, los cuales se ejercen por representación, y son quienes piden a gritos tomar controles más rigurosos de este vital tema.
Los mismos Estados Unidos, con su representante ante la ONU, dijo sobre este tema que su país estaba orgulloso de la herencia de inmigrantes y que ellos han brindado apoyo a los migrantes y refugiados en todo el mundo, pero que su política de migración debe ser tomada por los estadounidenses quienes son los que decidirán la mejor forma de controlar sus fronteras y quienes recibirán autorización para entrar en su país.
Seamos solidarios con los inmigrantes, aplicando nuestras leyes y regulando la presencia de los mismos en nuestro territorio, con documentaciones claras, haciendo valer nuestra soberanía, porque la solidaridad es como el alimento que podemos vivir un tiempo sin él, pero la soberanía es como el oxigeno, que sin él perecemos.

