La libertad de expresión parece ser el mayor enemigo de los gobiernos autocráticos y autoritarios del socialismo latinoamericano, como así lo ha demostrado Daniel Ortega en Nicaragua. Al igual que otros autócratas autoritarios como él, tales como Chávez, Castro, Maduro, Correa y Morales, Ortega ha recurrido a la represión violenta y a la censura de los medios de comunicación como respuesta a las reclamaciones legítimas de su pueblo.
Las libertades fundamentales que sustentan las democracias son incompatibles con el “Socialismo del Siglo XXI” y la críticas a las medidas del Estado son asumidas como ataques personales al gobernante.
Que Daniel Ortega es un autócrata no es algo particularmente nuevo ni muy disimulado. Él, junto a su vicepresidenta y esposa Rosario Murillo, en menos de 5 años en el poder procuraron asumir el control sobre todos los poderes del Estado y el tribunal electoral para desarticular a su oposición de manera represiva con impunidad.
Los resultados de esto no están realmente a lo oculto. En la misma embajada de Nicaragua en República Dominicana, sin ningún tipo de escrúpulos, hoy la bandera dominicana se encuentra izada en el medio de la bandera nicaragüense y la bandera del Frente Sandinista de Liberación Nacional (el partido de Ortega).
El pasado miércoles, miles de nicaragüenses salieron a protestar una reforma al sistema de seguridad social (reforma que fue revertida el domingo para apaciguar las aguas) que imponía mayores gastos a trabajadores y pensionados, a lo que el gobierno respondió con represión violenta por parte de la policía y turbas “orteguistas”. Ortega, casi copiando el libreto chavista, mantiene unas milicias armadas y no oficiales (de delincuentes) que usa para reprimir a la población disidente, tal cual como existen los “colectivos” del régimen chavista. Desde el inicio de las protestas a la fecha, al menos 25 personas han sido asesinadas y centenares están desaparecidas.
Ahora las protestas no son por la reforma a la seguridad social. Los nicaragüenses han despertado a la realidad de que bajo Daniel Ortega y Rosario Murillo sus derechos a expresarse libremente y llevar una vida en democracia no está bajo amenaza, ya están coartados. Hoy los nicaragüenses están en las calles luchando por su derecho a expresarse, por tener una prensa libre, por tener un Estado con separación de poderes y por tener elecciones libres y justas.
Es evidente que estos tipos de reclamos no van a ser compatibles con la forma de gobierno orientada al culto de la personalidad, el centralismo y el autoritarismo que caracteriza a Daniel Ortega y Rosario Murillo, por lo que necesariamente lograr esos objetivos va a estar condicionado a la salida de la pareja que pretendía montar una dinastía.
Y si algo es ampliamente conocido, es que los narcisistas descerebrados como Daniel Ortega no se van sin dar una pelea. Es por eso que ahora, al igual que en los tiempos de Somoza, esos nicaragüenses en las calles merecen el más firme apoyo de todos los que los vemos preocupados desde afuera.

