Opinión

Taladra el alma

Taladra el  alma

Delci Miguelina Yapor, de 56 años de edad, salió ayer de su hogar al volante de un minibús para su cotidiana labor de transportar niños a los colegios del ensanche Evaristo Morales, sin saber que una bala disparada por la imprudencia contra la delincuencia le segaría la vida.

La muerte de esa fervorosa cristiana ha consternado a toda la sociedad, que aún no se repone de una tragedia causada por el exraso de la Fuerza Aérea Franklin Padilla Núñez, quien dijo que disparó contra dos atracadores a bordo de una motocicleta, pero la bala impactó sobre la anatomía de la mujer.

El homicida dijo que perseguía a los individuos que habían despojado a una joven de su cartera en la calle Francisco Prats Ramírez del referido sector, sin saber que el disparo que realizó había causado la muerte a la señora Yapor, que llevaba 20 años en el servicio de transporte escolar.

Una irreparable tragedia que taladra el alma de una colectividad prisionera hace tiempo de la criminalidad, violencia y delincuencia, a lo que esta vez se agrega la imprudencia de un ciudadano que pretendió administrar justicia por propia cuenta.

En frecuentes casos de robos y atracos, vecinos persiguen o atrapan a delincuentes que, en vez de entregarlos a una autoridad competente, intentan lincharlos, lo que representa un crimen de tanta gravedad como el que se procura castigar.

La ciudadanía dispone del servicio de asistencia y emergencia 911, al que se puede informar sobre la comisión de un hecho delictuoso en proceso, por cometerse o ya perpetrado, pero es impropio que los ciudadanos pretendan suplir la misión de las autoridades, a menos que se trate de una situación de defensa propia o de los suyos.

La señora Yapor era esposa del diácono Leandro Acosta Mármol, de la iglesia El Buen Pastor, donde participaba con su marido en actividades de organización y promoción de la fe católica. Disfrutaba del aprecio y admiración de la feligresía y de las comunidades educativas a las que servía, por lo que su intempestiva muerte ha causado profunda consternación.

Que tan triste y desgarrador suceso sirva siquiera de lección a la ciudadanía para actuar con prudencia y precaución ante el oleaje de delincuencia y criminalidad, y para que las autoridades, de una vez y por todas, cumplan con su obligación de prevenir, perseguir y castigar a los delincuentes.

El Nacional

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