Al juramentarse como presidente de Estados Unidos, Donald Trump lo hizo con un discurso con el que pretendía levantar el orgullo y la prosperidad de los norteamericanos y cargado de críticas contra la clase política. “Los políticos prosperaron, pero los empleos se acabaron y las fábricas se cerraron”, adujo el magnate para captar la simpatía de los estadounidenses con las acciones que implementaría para consolidar a su país como la primera potencia mundial. Trump, pues, ha estado claro en lo quiere. Lo que ha sorprendido es el método.
En el terreno de la política, el gobernante estadounidense no ha podido sustraerse de usar armas de la política: intrigas, simulación, demagogia, mentiras y otras prácticas propias de la lucha de poder. Ha sido coherente en su determinación de construir un muro en la frontera con México, romper tratados comerciales y sobre el cambio climático, sin importarle las consecuencias.
También ha impulsado una reducción de impuestos, la eliminación de las facilidades migratorias a los “dreamers”, la revisión del sistema sanitaria, sacar de Estados Unidos a los millones de indocumentados y vetar a los inmigrantes de naciones musulmanas que asocia con el terrorismo.
Sin embargo, no se entiende cómo un gobernante que habla de convertir a Estados Unidos en una respetada potencia militar y económica se ha dejado desafiar por una nación como Corea del Norte. Contra toda amenaza y la protesta incluso de la comunidad internacional, el dictador norcoreano King Jung-un ha continuado con sus experimentos nucleares.
Como Trump no ha mostrado todas sus cartas frente al desafío es lógico que se piense que los aprestos del dictador asiático no son ninguna provocación, sino parte de un arreglo que envuelve también al presidente ruso Vladimir Putin para fomentar la industria bélica. La tensión que se ha creado con los ejercicios nucleares ha propiciado que todo el mundo se arme “por si las moscas”.
Dentro de esa lógica se inscribe lo que con ingenuidad se ha tildado una locura: el reconocimiento de Jerusalén como capital de Israel.
En una zona tan convulsa como el Oriente Medio, el primer efecto de la decisión de Trump será un reabastecimiento de armamentos no solo en la zona, sino en occidente. Como en los tiempos de la “guerra fría” el armamentismo, que tanto impacta en las economías, mandará al carajo la paz y la seguridad que con tanto empeño se cultivaron en los últimos tiempos.
Puede que los objetivos de Trump sean otros, pero en decisiones tan controversiales como las que ha tomado para devolver el orgullo y la grandeza a Estados Unidos, como proclamó en su discurso de toma de posesión, no se puede descartar ninguna hipótesis. Todas son posibles.

