A raíz de la muerte del presidente del Banco Santander en Portugal, Antonio Vieira Monteiro, a los 73 años de edad, una hija suya expresó: “Somos adinerados, pero mi papá murió solo y sofocado, buscando algo tan simple como el aire; el dinero se quedó en casa”. El testimonio es solo uno de los muchos elementos que, con toda seguridad, preludian que el coronavirus, más temprano que tarde, será derrotado por la ciencia y que en un período no muy lejano será, como la peste bubónica o la gripe española, parte de la historia. De hecho, ya se existen grandes avances en las investigaciones sobre la vacuna para prevenir y contrarrestar la letalidad de la enfermedad que recorre el planeta.
El gran capital no puede exponerse a que la pandemia alcance a sus representantes, como ha ocurrido con Vieira Monteiro o con el rey de los zapatos italianos, Sergio Rossi. Tampoco cargar con el sambenito de que en estos tiempos en que las grandes fortunas están íntimamente relacionadas con la tecnología digital su mayor preocupación son los virus informáticos. Hace muchísimos años que la vida dejó de consistir en la satisfacción de necesidades. El confinamiento a que la pandemia ha sometido a la humanidad plantea que los lujosos yates, aviones, mansiones paradisíacas, vehículos especiales y todo el dinero y las comodidades no tendrían sentido de no poder disfrutarse a plenitud.
Madonna podrá ser una superestrella, pero necesitará siempre del público que la aplauda en sus espectáculos. Sea por solidaridad o lo que fuere el millón de dólares que aportó al magnate Bill Gates para un fondo contra el coronavirus se corresponde con su propia realidad. Es la misma situación de las superestrellas del fútbol, el béisbol, el tenis, el baloncesto y otros deportes que han realizado contribuciones para combatir de una vez y por siempre la pandemia que muchos han catalogado como una derrota y no como otro desafío para el capitalismo.
Por supuesto que las secuelas no se eliminarán de golpe y porrazo. Durante un tiempo los besos, abrazos, apretones de manos, conferencias, asistencia a espectáculos artísticos y deportivos serán muy limitados. El estilo de vida no será el mismo. Esa sicosis obligará a las grandes fortunas a desarrollar estrategias para erradicar el miedo al contagio. El impacto de la revolución industrial podrá estar muy lejano, pero no así el cataclismo para el empleo que anunciaba la era digital. Y qué ha pasado. Simplemente que hoy el desempleo, por esa capacidad creativa del hombre, es mínimo en todas partes. Con la combinación del conocimiento y el dinero esta pandemia será pronto una pesadilla, que, eso sí, no pasará en vano, porque invitará a reflexionar sobre la propia vida.

