La referencia nunca será al tétrico personaje de San Cristobal que durante 31 años usó el país como un feudo, incluyendo a sus habitantes, y si eran féminas mucho mejor, es al legado cultural que nos dejó, y es también a la conducta trujillista que asumen en su comportamiento los políticos, empresarios, hacedores de opinión y otros elementos de nuestra sociedad.
Es lamentable que cinco décadas después de su ajusticiamiento, en el país se abra espacio de discusión sobre las bondades y maldades de ese oprobioso régimen, cuya cantidad de asesinatos nunca podrá ser cuantificada.
Es un error de quienes pretenden atribuir a la dictadura de Trujillo supuesto orden y cumplimiento a las leyes. Nada más vergonzoso que ese planteamiento, ya que antes, como ahora, al cumplimiento de las leyes solo estaba obligado el ciudadano común.
Si no es así, que alguien me recuerde un caso de un colaborador de Trujillo enviado a la cárcel por la comisión de algún crimen, robo o violación de una que otra doncella del barrio.
Nadie se atrevía a tocar los bienes del Estado, argumentan algunos escépticos, y hasta cierto punto es cierto, porque era una situación como la descrita por Luis XV: El Estado soy yo. En República Dominicana, el Estado era Trujillo y vicerversa, por lo que robar en el Gobierno era robar al patrimonio del Jefe.
Este comportamiento se reproducía en todos los estamentos de la sociedad, igual que ahora, aunque en otro momento histórico. Pero la realidad es que el trujillismo permea el comportamiento social en nuestro país, con el agravante de que, quienes crearon el actual estado de cosas, claman por respuestas trujillistas, obviando que la situación actual ha resultado de comportamientos trujillistas.
Si por un momento dejáramos la costumbre de otorgar privilegios y nos condujéramos por el mandato de las leyes y el sentido de la igualdad, de seguro que no tuviéramos que abogar por nada con olor a dictadura, robo y crímenes, que fue el principal aporte de los trujillistas a la sociedad dominicana.

