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Un cuento de Jorge Herrera

Un cuento de Jorge Herrera

Soleara, relampagueara o tronara; lloviera, venteara o cayera granizos; o, si hubiera sido posible …. que nevara, también; todos los días, de domingo a sábado, a las doce y quince del medio día, Samuel dejaba lo que estuviera haciendo para cumplir con lo que parecía ser un compromiso ineludible, y se subía, sin prisa, al frondoso almendro que había en la parte frontal de su casa, sin que le importara nada ni nadie.

El que conocía a Samuel se daba cuenta enseguida de que su comportamiento obedecía a algo muy personal, pues desde el día que Mancha lo mordió, su vida cambió de manera tan radical, a causa de la frustración, que sólo pensaba en cobrarse con creces, hasta la más mínima manifestación de cariño que le había dispensado al doberman con pastor alemán de los Barriola.

Samuel casi no hablaba, y sus amigos eran pocos; pero siempre los mismos. Sin embargo, tenía una empatía asombrosa con los animales, especialmente con los perros, aunque su preferencia por Mancha, era casi patológica. Su trato con el can lo sustraía de las mezquindades humanas.

A pesar de que su personalidad era algo compleja, a veces, la misma rareza de su carácter lo sumergía en las profundidades insondables del arte; y, en ocasiones, acaso con la complicidad de Dios, también lo elevaba a las alturas celestiales, según fuera de mística su inspiración creativa. Todo lo que Samuel se proponía en materia artística, lo alcanzaba con los conocimientos empíricos que le proporcionaba la naturaleza de su talento.

Sólo con su esfuerzo aprendió a tocar piano y a pintar paisajes y retratos; y es casi seguro que si se lo hubiera propuesto terminara siendo un excelente arquitecto, como también un insuperable escultor. Como suele suceder con las personas dotadas por el Creador de un alto coeficiente de inteligencia, Samuel era distraído y medalaganario. Vivía ensimismado en sus propias cosas; como un anacoreta empeñado en saldar una deuda que cree tener con su propio sino.   Su aspecto le era indiferente.  Acaso sólo le preocupaba el aseo personal y la limpieza de sus remudas. Él mismo lavaba su ropa y se esmeraba en el planchado, mientras las caries y la piorrea le diezmaban progresivamente los dientes. Sólo las  “combatía” con nicotina. Se fumaba tres cajetillas de veinte al día, y, además, le había cogido con tomar hasta la inconsciencia.

Una vez que se orinaba en el arbolito que delicada y finamente decoraron para Navidad su madre y sus hermanas, protestó con vehemente amargura porque no lo dejaban orinarse al pie de la alegoría. — ¡Qué maldita vaina, ya si me jodí; ahora uno no puede ni siquiera mear tranquilo! Exclamó Samuel, exigiendo su derecho al libre albedrío.

Samuel se resistía a admitir que era supersticioso. Alegaba con palabras y gestos enardecidos, que a contrapelo de las creencias y el comportamiento de los adictos a la parasicología y a las cosas sobrenaturales, él no creía en eso de no transitar siempre la misma ruta, mucho menos de ida y vuelta. Argüía que a él le gustaba recorrer los mismos caminos. Pero “olvidaba”, que sus consuetudinarios recorridos, poco menos que patológicos, obedecían al interés de encontrarse con los perros de algunos hogares del vecindario a los que trataba con la misma deferencia que dispensaba a los humanos, y, a hacerle alguna gracia a los más zalameros. 

No hacía mucho, Samuel se enamoró de una muchacha con un cuerpo “corte inglés” que había llegado al barrio unos meses antes.  Como él no tenía nada que ofrecer; y, en cambio, ella cursaba la universidad y esperaba visa junto a su madre y hermanos para residir en los Estados Unidos, la gente del vecindario no se explicaba por qué lo había correspondido.

Más luego, todo el mundo supo, menos Samuel, que la talle alto había dado un “mal paso”, y que cuando se enteró de que él también estaba en espera de la “Green Card”, y notar que era manejable, hasta por los perros,  se propuso engatusarlo aquí para atraparlo allá.  Como sucedió al cabo del tiempo; con la agravante, de que poco después  “lo dejó oliendo, y se alzó con el guiso”.

Como ya dije, Samuel no era un ser común; por tanto, no era fácil descifrar lo que escondía su fuero. Pero, como también apunté, su flota de amigos era tan reducida, que todos lo comprendían, y, de vez en cuando, “vacilaban” sus excentricidades sin ánimo de ofenderlo. Uno de ellos, apodado Pelú, al verlo que iba presuroso, sin otro rumbo que el de encontrarse con Mancha, le advirtió:

— Samuel, ten cuidado que Mancha parece que perdió el olfato, y según dicen no conoce a nadie. Ayer le marchó a Juancho, al que todo el tiempo le ha dado de comer. No olvides la raza que Mancha lleva en su sangre.  Samuel se rió socarronamente, y con una petulancia desconocida en él, dijo: — ¡Oye eso! ¡Pero, tú si eres zángano Pelú! ¡Qué Juancho siempre le ha dado de comer a Mancha! Pero, ¿acaso él le ha dado el cariño y la comprensión, que le he dado yo?… Y, ¿quién dijo que con la comida basta? Así piensan los hombres machistas y malos padres; se olvidan de la dosis de amor que se le debe dispensar a la pareja y a los hijos. Reaccionó Samuel, con una propiedad que sólo conocía de oído.

Sin saber tampoco ni “pío” de lingüística, y mucho menos de zoosemiótica, Samuel se ufanaba de cómo él sintonizaba con los animales a través de la comunicación y el cariño. Aseguraba con poco disimulado orgullo que para él no había animal guapo, y ni hablar si se trataba de perros. Decía, que él los amansaba con su trato; “conversando y entendiéndose” con ellos.

Sin embargo, la vez que Mancha mordió a Samuel, ni él se imaginó  que en ese momento se iniciaba una escalofriante historia de sufrimiento corporal para el galgo y de heridas lacerantes e incurables en su alma resentida. Un Vía Crucis compartido, sólo comparable con los padecimientos del mártir del Gólgota.

Cuando Samuel decidió poner en marcha su plan contra Mancha lo tenía todo  calculado; no olvidó ni un detalle. Entre las ramas del almendro se proporcionó un asiento frente a una horqueta que convirtió en arma de tensión con la utilización de flexibles tiras de goma extraídas de una de las cámaras de aire, explotadas, de su destartalada bicicleta.

Para castigar a Mancha con todo el rigor de su venganza, Samuel compró una varilla de construcción de media pulgada y la convirtió en torpedos de dos centímetros. Hecho esto, todos los días, a las doce y cuarto, entre blancos y desaciertos, lo hería con tres impactos; no más, y nunca en la cabeza. Samuel no quería matar a Mancha, pero como él estaba convencido de que debía reprimirlo, lo torturaba con el propósito absurdo de que cuando muriera, se llevara aprendida una lección que él nunca le enseñó. 

Tres años después del último castigo, cuando se enteró que Mancha murió mirando absorto la horqueta del almendro, en las reconditeces más ocultas de su alma, allá, donde los odios se desvanecen y los resentimientos se inclinan reverentes ante el olvido, Samuel sintió su corazón hecho trizas, y el remordimiento lo sumió por entero en una demencia obsesiva. 

Sus ojos atormentados lo único que veían eran las llagas en el cuerpo de Mancha supurando el mismo dolor que él sentía; y, entre la niebla, casi negra, un recuerdo de fuego que lo consumía tan lentamente, como el aullido lastimero de Mancha se perdía en la lejanía estruendosa de un silencio imposible…

El Nacional

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