En octubre del 2007 recibí en mi correo electrónico la correspondencia de un viejo amigo, el ingeniero José Osvaldo Leger: “Estimado Efraim: En una reunión con los mexicanos del PAN —que asesoran a Amable Aristy Castro—, el jefe del grupo se quejó de la poca creatividad desarrollada en la campaña y por eso pensé en ti, ya que el mexicano pidió cambiar el contenido de la propaganda que se ha estado conociendo en los medios. Por favor, dedícale este fin de semana a analizar lo que has visto hasta ahora y el lunes te llamo. Con la estimación de siempre, queda de ti, José Osvaldo Leger.”
Al día siguiente contesté a mi viejo amigo: “José Osvaldo, desde que salió la campaña de Amable (“El Presidente de los pobres”) la he estudiado y comparto la opinión de los mexicanos: esa campaña es una pésima repetición de las propagadas en el país treinta años atrás, cuando Ramoncito Díaz inventó el personaje Don Chencho. Pero los tiempos han cambiado y el testimonio alcanza otros escenarios. ¿No observas a los estudiantes, obreros, motoconcheros y policías, portando celulares? Estamos en otra época; estamos en un tiempo de cambios exponenciales, donde la información, surcada entre varias generaciones humanas, ha alcanzado a plenitud altas cimas de penetración y la revolución femenina ha logrado la igualdad con el hombre. Por eso, la propaganda se debe difundir con argumentaciones racionales, creíbles.
Sin embargo, en la mente humana superviven instancias del pasado donde es preciso removerlas y servirlas como hechos concretos. Fíjate en cómo la juventud escarba en la Era de Trujillo más allá de como los historiadores —pagados por las revanchas— tratan de borrarla, remachando en las atrocidades del régimen y no en sus logros.
Esto lo explico porque la mejor argumentación del auténtico reformismo descansa en las obras balagueristas, de quien Leonel Fernández ha tomado su discurso, dividiendo a la oposición, obviando las acusaciones y disponiendo de los recursos estatales para su conveniencia política, tal como el genio de Navarrete hizo.
Es penosa la utilización de Amable de la frase “El Presidente de los pobres”, porque esa frase humilla, pisotea y agrede a la población humilde. Y lo hace, porque ese slogan parece emerger desde la plataforma de un candidato rico y fuera de época; de un candidato que mira hacia abajo para mantener su posición de privilegio.
En la historia política de Latinoamérica y del mundo, los que han estado al lado de los pobres lo han ejercido desde el poder (Roosevelt con el new deal, Evita Perón con los descamisados, etc.), porque los necesitados no desean un presidente “de los pobres”, sino un presidente que los ayude, que los oriente, que enhieste para ellos la bandera del progreso… ¡Pero desde arriba, no desde la demagogia de una frase hueca!
Entonces, te lo repito de nuevo: “El Presidente de los pobres” es una frase fatua, carente de discurso electoral, porque no produce un sentido fáctico, concreto. Tu amigo Efraim.

