Opinión

Una lluvia de poesía

<P>Una lluvia de poesía</P>

El martes 26 de junio pude asistir a dos lecturas de poesía en el techo del Queen Elizabeth Hall, durante la hora de almuerzo, y allí comenzó a suceder la maravilla. Primero una poeta de Islandia, Gerour Kristny, nos introdujo a  los mitos nórdicos de su país y explicó cómo ella en su poesía responde y reescribe cada uno de los mitos. Luego, un poeta de Finlandia llamado Pekko Kappi, con una especie de guitarrita del Medioevo, comenzó a cantarnos lo que el llamaba canciones para embrujar, de la mitología Celta, o  «spell songs» y yo cerré mis ojos a ver si lograba embrujarme. 

Y esa noche, en los Jardines del  Jubilee Park, se realizó el milagro, porque a las nueve, el colectivo Casa Grande de Chile, dispersó desde un helicóptero cien mil poemas de los 240 poetas presentes, y todos pudimos presenciar la caída de estos poemas que se fueron posando en los árboles,  edificios, en barcos del Támesis, y sobre nosotros, que (con mis amigas filipinas, compramos sombrillas para ponerlas al revés y ver cuantos podíamos recoger, mientras poetas de todas las edades corrían como infantes por todo Jubilee Park).

Mi estrategia resultó, y termine con poemas de Corsino Fortes, de Cabo Verde, un poema llamado Emigrante, dedicado a Amílcar Cabral.  No lo podía creer,  ¡me acababa de caer del cielo un saludo del poeta que más amo del Africa!, y he aqui un fragmento:

«…Anda y planta

en la boca de Amílcar el muerto

Este montón de berros

Y esparce de un extremo a otro

una fonética fresca

Y con las comas de las calles

y las silabas de puerta a puerta

Barre antes de que anochezca

Los caminos que llegan

a las escuelas nocturnas

Porque toda partida significa un alfabeto

creciente porque todo retorno es la lengua de una nación».

Y este poema de Derek Walcott, que se llama COMO JUAN CAMINO A PATMOS, del cual reproduzco un fragmento:

«No volveré a partir de casa

  aqui puedo hablar.

 Esta isla es un santuario

 -lejos de la polvorienta sangre

 de las ciudades-

Observa el elipsis de la bahía,

 las flores alborotadas

 bello es el alado sonido de los árboles

el cielo empolvado, cuando la noche se enciende.

 Pues la belleza ha rodeado/ a sus niños negros

 los ha liberado de los cánticos desamparados».

Y entonces, puedo asegurarles, que sin cánticos  Celtas, o  de la mitología finlandesa,  para embrujarme, me encontré de pronto en los cañaverales de coral y azúcar, del Sur y el Este de Santo Domingo.

El Nacional

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