Opinión

Una muerte innecesaria

Una muerte innecesaria

Lo primero que hizo al levantarse fue pensar en su familia. Luego, darle las gracias a Dios por permitirle observar la luz del nuevo día; quizás, más tarde, pensó en los problemas de siempre, en los pasos que tendría que dar para tratar de solucionar los más acuciantes.

   Posiblemente su niñez fue como la de cualquier otro niño procedente de una familia pobre y humilde. Por ello, desde temprana edad se propuso ser en la vida una persona de conducta ejemplar, puesto que ese sería el mejor legado que podría dejarle a sus hijos cuando él muriera. Como casi siempre sucede, su hermano mayor lo ayudó a ingresar a las filas de la Policía Nacional. Con el correr de los años estudió hasta graduarse y, al mismo tiempo, terminó siendo coronel.

      En fin, que despertó a la hora de siempre. Así lo venía haciendo desde años atrás. Se daba un baño, conversaba con su esposa e hijos, desayunaba algo; y luego salía, como todos los santos días, a cumplir con su deber como hombre que tenía un compromiso ineludible con la sociedad.

   Su hogar era tan sencillo y tan humilde como él. A propósito, familiares y amigos lo tenían como un hombre que nunca mostró signo de avaricia; todo lo contrario, lo poco que tenía o conseguía lo compartía con los demás.

   Como ya era su costumbre, llegó a su trabajo antes del toque de entrada. Saludó con la misma cortesía de siempre. No bien había entrado la mañana cuando, de repente, su superior le encomendó una tarea a cumplir en la cercanía de la Universidad Autónoma de Santo Domingo. 

   Rápido salió a cumplir con la orden que recién le habían dado.  Como hombre prudente y decente, de poco hablar, incapaz de ofender a sus semejantes, respetuoso de las leyes, se limitó a llegar hasta donde se le había dicho que llegara. Desde allí hizo todo esfuerzo humano por dialogar con los jóvenes envueltos en las protestas dentro del alto centro de estudios; a lo mejor pensando que pronto todo terminaría y que él volvería en paz a su hogar.

   Sin embargo, lo que nunca pasó por su mente, puesto que entendía que ya se estaban viviendo otros tiempos, fue que un joven  salvaje, cobarde a todas luces, ya lo había seleccionado como blanco para disparar con un fusil una bala que en fracciones de segundos penetraría por su frente. 

   Todo sucedió tan rápido que ni siquiera su sombra tuvo tiempo de ayudarlo a amortiguar el golpe cuando se desplomaba, de manera inevitable, en medio de la calle.

   Quizás el joven cobarde, desde su desgraciado escondite, observaba satisfecho cómo se le apagaba la vida a una persona honesta y trabajadora. ¡Qué barbaridad!

El Nacional

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