Una encuesta de Latinobarómetro hecha pública esta semana da cuenta de que, por primera vez en quizás toda la historia republicana de nuestro país, menos de la mitad de la población afirma ser católico. Esto tiene un significado trascendental para una nación cuyos símbolos patrios incluyen múltiples alegorías cristianas, y muy particularmente, donde decisiones de Estado todavía siguen secuestradas por dogmas religiosos.
No obstante ser muy vocal sobre mi ateísmo y la alegría que esta noticia, de ser cierta, me brindaría, no puedo evitar sentirme un poco escéptico con la encuesta. Según Latinobarómetro 28% de los dominicanos declararon no ser religiosos, ateos o agnósticos, una cantidad tan significativa que pudiera ser comprobable de forma anecdótica, lo que hasta el momento no es el caso.
Es probable que ese 28% incluya una cantidad importante de personas que creen en una deidad (probablemente el dios cristiano) pero que no tienen afiliación religiosa con las denominaciones institucionalizadas, un estatus cada vez más común cuya masificación pudiera tener consecuencias interesantes.
Las iglesias tanto católica como evangélica se han valido de la supuesta influencia sobre sus feligreses para tratar de hacer política desde sus púlpitos por décadas. Los políticos dominicanos caracterizados por su ausencia de principios o creencias se han doblegado a esas presiones en cada ocasión, imaginando una consecuencia política que no se materializa, y esta encuesta empieza a demostrar el porqué.
Más de dos tercios de ese 28% son personas de 16 a 40 años, lo que contrasta con los católicos que casi dos tercios son mayores de 40 años. Por lo que esa tendencia que hizo que la religión católica pasara de 64% de representación en la población en 1995 a 48% en el 2017, no luce que será revertida en el futuro próximo.
Esto tendrá consecuencias en temas sociales como la interrupción del embarazo, el matrimonio igualitario y el rol de la mujer en los espacios laborales, donde hoy en día una de las mayores trabas son excusas religiosas infundadas y, posiblemente en un futuro no muy lejano, nos lleve a replantearnos preguntas existenciales de si realmente este es un país cristiano o mejor aún, si considerarse así le ha servido de algo.
Sean sus resultados exagerados o no, la encuesta de Latinobarómetro sobre las creencias religiosas tiene una lectura muy interesante y debería llamar la atención a muchas personas, especialmente a los llamados a hacer políticas públicas en este país.

