Habría que menospreciar a la intelectualidad haitiana para no entender el metamensaje del nombre que eligieron para la primera universidad donada por nosotros a su país, porque la biografía de Christophe, que todos los y las que leemos conocemos es la de El Reino de Este Mundo (1949), del inmenso Carpentier, que narra la historia de un cocinero de la ciudad del Cabo, que se alza con el poder por el cual ha sido deslumbrado desde muy joven, e instala una mala copia de la Corte Napoleónica. Allí encontramos a jóvenes capitanes de bicornio (a lo Trujillo), libreas doradas, relucientes uniformes y botas de charol.
La intelectualidad haitiana sabe que el único líder haitiano con prestigio en la región, además de los históricos autores de la primera Revolución Negra del Nuevo Mundo, es Petion, quien apoyó las jornadas libertarias de Bolívar, financiándole el regreso , las armas y solicitándole algo que Bolívar tampoco pudo cumplir: libertar los esclavos doquiera que independizara una nación. Difícilmente, podía esa intelectualidad apoyar el nombre de Christophe, para la universidad, quien restauró la esclavitud, sobre el de Petion, si no hubiera antepuesto su resentimiento contra nosotros, a la ocasión. Un resentimiento en no marxistas, porque lo que esa intelectualidad tradicional insiste en ignorar es el papel de su propia oligarquía en la tragedia que abate a Haiti.
No, lo que esa intelectualidad quería era burlarse de nosotros, y vengarse (de ahí que arrancaran la foto de Don Juan del Auditorio) del grotesco incidente del Parque Independencia, donde un grupo de enaltecidos nacionalistas unilaterales arrancó la foto de Sonia Pierre de una mala exhibición de fotografías de mujeres, que generalmente niegan con su vida los postulados del 8 de marzo, pero eso es harina de otro costal. Lo terrible es que, al hacerlo, ignoraban al más preclaro humanista de este país, en lo que respecta a su nación, y la famosa carta que le escribió Don Juan a Demorizi y Pena Batlle, (1942), entre otros, apelando anteponer la solidaridad con los oprimidos a cualquier consideración nacionalista. Esa carta, que promoví en Europa en varios foros, debería ser traducida al creole y distribuida por millares en Haití.
Son viejos odios, aquí y allá, fomentados por la estupidez y la mezquindad, que solo la madre naturaleza va a cambiar. Y eso me quedó claro en dos últimos sueños: en el primero me veo en la Citadel, recorriendo aquellas habitaciones vacías, donde todo es de piedra, hasta los muebles, y tropezando con miles de ídolos rotos en el piso, de metal, madera y barro, para, al final encontrar una salida y verme frente al mar, que se oscurece de repente y se levanta en un Tsunami. Naturaleza que barrerá aquí.

