Por el secuestro del sistema democrático, Venezuela tiene que ser una preocupación para Estados Unidos y todas las naciones que se identifican con el modelo que postula elecciones libres y justas en la lucha por el poder político.
Tras perder de manera abrumadora las votaciones parlamentarias de 2015, el Gobierno de Nicolás Maduro maniobró para alterar las reglas de juego, dividir a las fuerzas opositoras y ganar tiempo para evitar que le arrebataran el mando.
En su determinación de seguir conduciendo los destinos de una nación atosigada por una devastadora crisis económica, el régimen ha recurrido a la represión más brutal y a asesinatos tan estridentes como el del expolicía Óscar Pérez y otras seis personas que lo acompañaban.
Pero la verdad es que con su conducta dual, o doble moral, Estados Unidos se descalifica para liderar una cruzada como la iniciada por su canciller Rex Tillerson contra el Gobierno de Venezuela. Ahora mismo el presidente Donald Trump, en el ojo del huracán por la supuesta injerencia de Rusia en las elecciones que lo catapultaron a la Casa Blanca, encabeza una ofensiva para desacreditar las investigaciones al respecto de la Oficina Federal de Investigaciones (FBI).
Esa actitud no es un buen ejemplo, como tampoco el hecho de que Washington se aprestara a reconocer al mandatario electo de Honduras, Juan Orlando Hernández, en unas elecciones calificadas de fraudulentas por entidades como la Organización de Estados Americanos (OEA).
Con más de un 60% de las mesas computadas, Hernández perdía por alrededor de 5 puntos frente al opositor Salvador Nasralla cuando por un supuesto apagón informático el proceso se interrumpió por unas 36 horas. Al reanudarse el conteo, el Presidente, que por demás buscó la reelección a través de una cuestionada decisión judicial, apareció liderando el escrutinio.
Antes que encabezar una campaña para que se respetara la voluntad popular y amenazar con sanciones a Honduras, lo que hace Estados Unidos es legitimar una farsa, mientras sus aliados en la causa contra Venezuela se refugian en un silencio cómplice.
Maduro, que se ha burlado del sistema democrático, no hace más que reírse ante tanta hipocresía.
En México, Tillerson llegó a pedir cuidar de Rusia en las próximas elecciones, en las que corre como favorito el liberal Andrés Manuel López Obrador.
Pero sobre la supuesta injerencia en su país su posición ha sido contradictoria. Es verdad que se tiene que presionar a Venezuela para que respete las reglas de juego.
Pero esas mismas reglas tienen que respetarla el presidente de Estados Unidos y para votaciones como las que se efectuaron en Honduras. Si las normas no pueden ser universales o si se tienen culpable favoritos, entonces olvidémonos del tango.

