Cuando converso con algunos amigos sobre los tópicos políticos del momento, el sentimiento de culpa brota entre todos por la creciente apatía que inunda al país.
Y siempre, alguien del grupo grita que sólo en diversos sectores sociales se manifiestan protestas contra los fatídicos apagones, la basura, los bajos salarios, la prevaricación y la escasez de agua, así como contra la fatídica invasión haitiana que nos azota.
Ese sentimiento de culpa lo he llamado —en ciertos momentos— de diferentes maneras: frustración, vergüenza compartida, abatimiento y apocamiento, por no desear referirme a esa cobardía solapada, a ese desgano clandestino, que el constante bombardeo oficial de proporcionarnos un mundo mejor nos inyecta, convirtiéndonos en culpables del estado de descomposición que vivimos.
Trujillo nos sometió a barbaries inconfesables, pero premiaba sus crímenes con la implacable estrategia de un orden social ideologizado, porque como en todas las dictaduras, la virtud de la seguridad se apoya en el látigo, en la limpieza, en la señal alfa del héroe, en su propio yo, y eso nos hacía sentir como ovejas guiadas por un experimentado pastor.
El 30 de mayo del 61 los nocivos efectos del temor que sentíamos se quebraron frente a nuestros ojos con el ajusticiamiento de Trujillo, y a partir de ahí vislumbramos un mundo donde ni la vergüenza propia —ni la ajena— podían inyectarnos sus miedos, y allí comenzó una batalla que se ha extendido hasta este hoy, tan cuajado de las mismas promesas que no cuajan, que no terminan de aposentarse en nosotros.
Y la vergüenza, la ignominia, la culpa y la autoflagelación constantes —esos sentimientos que quisimos sepultar para siempre en el glorioso estallido de abril del 1965—, han vuelto a magnificarse día tras día.
Desde entonces, cuánto esperar la muerte de la vergüenza, cuánto aguardar con cautela esquimal la muerte del profundo abismo que nos tutela. Por eso, los días desfilan tan lentos, tan a dosis de suero-miel, tan a retazos y baldíos que cada paso es una tos lejana, un espasmo contraído frente a una multitud que vocifera y se pervierte entre salto y salto.
Cuánto caminar dando tumbos, qué lentitud, qué pérdida de preciosos años, qué desgaste de tiempo y rosas. Sí, cuánto se alarga la dispersión del recuerdo, del látigo que reverbera como eco sin canción en los oídos que se asombran, que ensordecen y sellan; cómo se dilata la carcajada desde el sepulcro, el comején que devora y cambia las señales, que enmudece y cose nuestros labios, que varía los textos para matar la intención
¿Cuándo el puño golpeará la niebla, el hocico oscuro del político que ríe, que espanta, que muerde, que roba, que engaña, que desdobla todo árbol del bosque y taladra la espesura del silencio? ¿No podrá alguien, algún héroe anónimo, algún intrépido coronel, disparar la pólvora, hacer retumbar los tambores y estremecer las vergüenzas compartidas? Sí, ¿dónde estarán los depositarios del dolor, de la esperanza, del amor y la pasión?

