Forma parte de la prohibición aplicada por el régimen nazi a su mejor saltadora de altura, la cual era alemana-judía.
Sus innegables rasgos masculinos abrieron la polémica, a lo que respondía que padecía de una especie de hermafroditismo. En el año de 1938, logró batir el record mundial de salto de altura.
Finalmente, la duda fue develada en los años 50, cuando dos admiradores descubrieron que vestía peluca en una estación de trenes de Alemania. Fue sometido a exámenes médicos donde se confirmó que tenía genitales masculinos.
Formalmente, en 1957, Hermann admitió que era un hombre, alegando que el régimen nazi lo había obligado a participar como mujer.
En la etapa siguiente se retiró a la vida privada y se dedicó atender el bar de sus padres.
Una trampa
Frederick Lorz se había lucido en varias competencias atléticas aficionadas, pero no había obtenido una victoria rutilante, era un fondista del montón, por eso se propuso demostrar que podía ganar algo importante, sin importar los métodos.
Llevó a cabo una preparación ideal, a conciencia para obtener el triunfo en los 42 kilómetros de los Juegos Olímpicos de San Luis-1904, pero llegó a la competencia saturado, tanto, que a los 10 kilómetros se quedó sin piernas.
Ni corto ni perezoso, el estadounidense abandonó el grupo y se subió a un carro Ford, un lujo para la época. Cuando nadie lo esperaba, les comentó a los que iban con él en el auto que debía recoger unos objetos personales y se bajó, pero la disculpa no era tal: regresó a la competencia, entró en el primer lugar al estadio olímpico y ganó la carrera.
Fue tal su descaro que se tomó una foto con la hija del presidente de la República, Theodore Roosevelt. Un aficionado lo descubrió y denunció el hecho.
Lorz cedió ante la presión y aceptó su trampa, por lo que fue descalificado y suspendido durante seis meses de toda competencia. El verdadero ganador, Tomas Hicks, llegó a la meta con un tiempo de 3h 28m 33 segundos.
Black Power
Esta expresión hace referencia al movimiento de los afrodescendientes que buscaron luchar por sus derechos civiles en una sociedad caucásica que los excluía.
Los atletas estadounidenses Tommie Smith y John Carlos, ganadores del primero y tercer lugar en la carrera de los 200 metros en los Juegos Olímpicos de México 1968, pertenecían a él.
Al término de la carrera se llevó a cabo la ceremonia de premiación, en la que estaba el australiano Peter Norman, ganador de la medalla de plata. Cuando los dos estadounidenses subieron al podio iban descalzos y con calcetines negros para representar la pobreza de los negros.
Carlos portaba un collar de cuentas en homenaje a los negros maltratados en los siglos de esclavitud.
Por su acción, el presidente del Comité Olímpico Internacional, Avery Brubndage, ordenó fue fueron expulsados de los juegos e incluso de la villa olímpico, a los que las autoridades mexicanas se negaron.
Durante muchos años ambos atletas sufrieron exclusión y acoso en los Estados Unidos.
Falsos minusválidos
En los Juegos Paralímpicos de Sidney 2000 el equipo español de baloncesto obtuvo la medalla de oro tras derrotar a Rusia. Pero el periodista que llevaba cubriendo al equipo, reveló que el cuadro deportivo no estaba conformado íntegramente por atletas discapacitados, requisito indispensable para participar en los Juegos.
Sus declaraciones dieron inicio a una amplia investigación efectuada por el Comité Paralímpico Español, el cual concluyó que diez de los doce jugadores no cumplían los requisitos de elegibilidad y simularon deliberadamente discapacidad.
El Comité inició acciones penales para fincar responsabilidad al presidente de la Federación Española de Deporte para Discapacitados Intelectuales y ordenó la inmediata devolución de la medalla de oro.
Los deportistas Ramón Torres y Juan Antonio Pareja, que eran los dos únicos jugadores realmente discapacitados, recibieron una réplica de la medalla por considerar que sí habían ganado.
El asalto
Las patinadoras estadounidenses Nancy Kerrigan y Tonya Harding, fueron rivales en las competencias eliminatorias para participar los Juegos de Invierno de Lillehammer 1994. Pero Harding no quiso que Kerrigan llegara a la contienda.
Su ex esposo, Jeff Gillooly, y su guardaespaldas Shawn Eckhardt, contrataron a un hombre para que simulara un asalto y atacara a Kerrigan, le rompiera una pierna e impidiera que se presentara a competir.
El ataque se llevó a cabo pero no le rompieron la pierna, sólo la imposibilitaron para participar en el siguiente campeonato nacional. Cuando las autoridades esclarecieron los hechos, Harding solo admitió haber encubierto el ataque.
El Comité Olímpico Internacional (COI) inició gestiones para expulsarla; sin embargo desistió porque Harding amenazó con demandarlos.
Ambas lograron llegar a los Juegos de Lillehammer; Kerrigan obtuvo la medalla de plata y Harding quedó en octavo lugar.
Ésta fue juzgada y sentenciada a tres años de arresto domiciliario, pagó una fianza de 160 mil dólares e hizo 500 horas de trabajo comunitario.

