Articulistas

¡Vivan las irreverencias!

¡Vivan las irreverencias!

Del filósofo alemán Martin Heidegger aprendí que lo que importa no es el pasado de una persona sino el futuro que se imagina. Ese descubrimiento me libró de todos mis traumas infantiles y me hizo confiar en que siempre podría construir mi futuro, a fuerza de creer en él, tesón y voluntad.

Por eso todo aquel o aquella que milita en las mejores causas sabe que un pueblo que pierde su visión de futuro, el futuro imaginado, deja de luchar. Que ese hombre, o mujer, sin esperanza comienza a morirse, algunos de consumo desmedido, otros del cáncer de las drogas, muchos en accidentes, o “intercambios de disparos”.

Los profesionales del mal agüero han estado prediciendo la desaparición de una juventud dominicana que se preocupe por el país, enfatizando que quiere emigrar, que es egoísta, cínica e incapaz de la solidaridad, o de la lucha política para cambiar lo que les ofende, o enfurece, como la impunidad frente a la corrupción, o el asalto al medioambiente.

Llevo meses escuchando “esto se jodió”, pero a esas predicciones apocalípticas siempre he antepuesto el ejemplo de Puerto Rico, que cada vez que lo dan por muerto y sepultado se levanta de sus cenizas como el ave fénix, se tira masivamente a la calle y destituye un gobernador indeseable, o a funcionarios corruptos.

Y si Puerto Rico, siendo la colonia más antigua de los Estados Unidos y víctima favorita de todas sus experimentaciones genocidas, se levanta una y otra vez, en Vieques y el Viejo San Juan, en toda la isla, ¿por qué no la República Dominicana?
Por eso, a quienes profesamos una juventud acumulada, nos han llenado de entusiasmo las manifestaciones juveniles contra el reciente desastre electoral, (aquí, en Washington, en Madrid); la absoluta incapacidad de la Junta Central Electoral, (que por segunda vez fracasa en la organización de unas elecciones pulcras), y sobretodo la búsqueda de “culpables” y el consecuente show mediático (para retrasados mentales) con que se ha tratado de deshacer el entuerto, justificar lo injustificable.

Las pancartas de estos jóvenes, cargadas de humor, son de una irreverencia saludable, porque canalizan lo que de otro modo nos mataría de cáncer.

Nunca ha cobrado tanto significado la Plaza de la Bandera, donde debe de ondear la dignidad nacional, la esperanza en otro país posible, la determinación de luchar por el país imaginado, por el futuro que hace tiempo debió pertenecer a la juventud, población mayoritaria de una media isla donde sesenta por ciento de la gente es menor de treinta años.

Como dicen los cantautores: ¡Esta humanidad ha dicho basta y ha echado a andar!
Más le vale, porque es su futuro y su sobrevivencia lo que está en juego.

El Nacional

Es la voz de los que no tienen voz y representa los intereses de aquellos que aportan y trabajan por edificar una gran nación