Opinión

VIVENCIAS COTIDIANAS DE ALLÍ Y DE AQUÍ

VIVENCIAS COTIDIANAS DE ALLÍ Y DE AQUÍ

En los últimos tiempos mi vida en Madrid no estaba resultando fácil.  Y no sólo a nivel económico.  Pero, sobre lo demás, no voy a entretenerles.

Aunque seguía escribiendo, la base del sustento de mi casa me la procuraba mi profesión del momento.  Ejercía como agente de seguros desde hacía algunos años.

A pesar de que en otras épocas esa actividad me había dado, con creces, para mantener a mi hijo menor, y a otro enfermo, las cosas habían cambiado.  La famosa crisis nos había alcanzado a todos.  Y, claro, la gente empezó a reducir gastos, comenzando por sus seguros.

En España existe una Salud Pública (Seguridad Social) muy buena, a pesar de que también allí nos quejábamos, se quejan.

Una gran mayoría de mis clientes, de los que tenían una póliza de enfermedad, decidió “borrarse”.  Sabían que, si les ocurría algo a ellos o a sus familiares, iban a estar bien atendidos.

Muchos de los que habían suscrito uno para el día de su jubilación actuaron del mismo modo.

La “cartera” de mis asegurados fue mermando y yo apenas si podía llegar a fin de mes.  ¡Y eso que hacía auténticas “piruetas” para conseguirlo!

Mi rutina diaria consistía en levantarme antes de las siete de la mañana, poner la cafetera y preparar el desayuno del más pequeño.

Desde siempre he tenido la costumbre de subir las persianas antes que nada.  Me horroriza la luz eléctrica por la mañana.  Sin embargo, durante casi nueve meses al año, en Madrid no amanece antes de las ocho.

El observar el cielo oscuro, a veces estrellado, me ponía de mal humor.  Trataba de alegrarme el día encendiendo la radio.  De ese modo podía comprobar que había personas que desde hacía unas horas estaban trabajando.  Y me sentía acompañada.

Cuando Nicolás, que así se llama mi más chico, se marchaba rumbo al colegio, apenas empezaba a clarear.  Todavía no se podían apagar las luces de la casa, si uno quería hacer algo.

Ponía una lavadora, cuando era necesario, me tomaba otro café, me vestía y sacaba a pasear a mi perrillo Schnauzer miniatura, “sal y pimienta”.

Al regresar del breve paseo, chequeaba los emails, tendía la ropa lavada y salía para la oficina.  Ya lucía el sol y por mi calle circulaba la gente en un ir y venir frenético, propio de las grandes capitales.

Tenía la costumbre de llevar siempre conmigo algún libro para entretenerme mientras esperaba la guagua (el autobús allí) y durante el trayecto.

Si hacía mucho frío, además de haberme enfundado en mi abrigo de lana, me ponía un gorro y unos guantes del mismo material.

Cuando llegaba a mi destino empezaba a realizar, en primer lugar, los trabajos administrativos pendientes.  En España no es aconsejable el llamar a alguien antes de las diez de la mañana para ofrecerle un seguro.  A menos que te lo haya pedido.

Mi mayor preocupación era, en aquellos momentos, el vender, producir para mi empresa.  Vivía de mis comisiones.

Nunca, cuando le daba a un interruptor, me había planteado la posibilidad de que la luz no se encendiese.  Tampoco me había preguntado si de la llave (el grifo allí) saldría, o no, agua.  Esas dos acciones las realizaba, como la mayoría de la gente, de forma automática.

Llevo aquí, en la tierra que me vio nacer, algo más de dos meses.  Puedo asegurarles que he aprendido a apreciar esos dones y a darles gran importancia.

Cuando no hay electricidad me siento contrariada, como imagino que se sentirá la mayoría de la gente.

Pero, además, si ya ha oscurecido, me encuentro aún peor porque me cuesta escribir o leer  iluminada tan sólo por velas.

Y, cuando vuelve ese don de la tecnología, me preocupa el no saber cuánto tiempo va a durar mi felicidad.

Lo de la falta de agua lo he solucionado guardando, cuando la hay, un par de cubos.  Tapados, eso s텠 ¡Por si “el dengue”!

El Nacional

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