Opinión

Vivencias que enseñan

Vivencias que enseñan

Acabamos de recibir otro sacudimiento que nos puso al desnudo cómo viven las mayorías de nuestros barrios. Lo vimos  con motivo de  la tormenta Emily, que solo trajo  aguaceros, pero la basura y la falta de drenaje siguen desesperándonos.

Presidente Fernández, usted tiene todavía facultad  para enderezar entuertos, aproveche lo que le queda y siga sembrando. Su imagen haya bajado en la percepción de su pueblo, es justo en 12 años, pero la agudeza y el talento, que le sobran, le dejan futuro. Insista en reajustar problemas prioritarios.

 A propósito del endeudamiento nunca olvidaré la vivencia que hoy relato. Me siento muy optimista. ¿Por qué? En el fondo, me gustan las crisis porque activan a  los hombres y a los pueblos. Tampoco olvidaré dos maestros políticos a quienes serví  con trasparencia absoluta, Bosch y Balaguer. A Balaguer  le serví en muchas áreas. En política, casi siempre se pegan rasgos corruptivos consciente o inconscientemente, cuando se aplica la sana justicia, por honrado que se trabaje.

La vivencia de hoy fue en   el año 1986, siendo secretario de  Trabajo.  Balaguer me sorprendió a los cuatro meses  designándome embajador por  ante las Naciones Unidas. Cuando me notó afligido, despidiéndome me dijo que aquella posición me cultivaría mucho, tomando en cuenta lo que allí se aprendía con la comunidad de países. Y conste, luego desempeñé docenas de cargos,  hasta de juez y procurador. Cuando llego a la ONU,  el país no había actualizado su pago para poder votar en el Asamblea y justificar mi papel en dicho organismo, y  aquello me resultó traumático. No quería dejar mi pueblo ni mis  compromisos como abogado, y no me gustaban los aviones. Regreso  de una vez donde el Maestro Balaguer y le ruego que preferiría quedarme en  mi país si no podíamos pagar  la ONU, y me dice: “Embajador, se ve que usted todavía está muy joven; allí casi todos los países están atrasados y el que más debe es nuestro gran amigo, Estados Unidos. Usted verá en los próximos tiempos, adonde llegarán esas deudas, cuando las mismas haya que pagarlas y el FMI despierte. Dios quiera que no haya la Tercera Guerra Mundial. Pero voy a resolverle ese problema, voy a mandar a actualizar nuestro pago, vuélvase tranquilo a su misión”. Regresé a Estados Unidos tan contento, que  ni pensé en el avión.  Aquello fue una escuela. Aproveché mi estadía  cumpliendo  al máximo. Dicté más de 40 conferencias  en universidades y otros centros, vendiendo mi país, el turismo, la inversión,  y me integré a la comunidad dominicana hasta llegar tan hondo que dejé amistades que todavía me llaman, y hasta el gran Mariscal me eligieron en uno de los   desfiles tradicionales, gesto simpático, más cuando los dominicanos tienen liderazgo allí en gasolineras, supermercados, bodegas y otros.

El Nacional

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