Expliqué recientemente que me habían solicitado que incluyéramos en nuestra columna algunas vivencias. Cuando la inesperada enfermedad que nos llevó a destiempo al gran líder del PRD, José Francisco Peña Gómez, me enteré que su quebranto era maligno. Me lo avanzó mi pariente, el doctor Juan Manuel Taveras, quien luchaba en el proyecto Plaza de la Salud con el presidente Balaguer.
Cultivé gran amistad personal con Peña Gómez, siendo él secretario general del PRD y yo del PRSC. Decido visitarlo, y se lo informo a Balaguer, por razones obvias. Me dice Balaguer: Acabo de enterarme de su doloroso diagnóstico. ¿Cuándo usted va? Era miércoles y yo viajaría en el fin de semana. Balaguer dice que le enviará una carta rogándole a Dios que ilumine a sus médicos. ¿Cuando vengo a buscar su carta? El lunes que viene, porque tengo muchas cosas para los próximos tres días. Busco dicha carta y cambio la fecha del viaje, pero como no estaba claro con el centro médico, converso con el ingeniero Miguel Vargas Maldonado.
A propósito de don Miguel Vargas, superen las inquietudes que les están creando sus adversarios políticos para espantar sus votos. Ingeniero Vargas, la política es ciencia y arte, pero también realidad. Cuiden el proyecto, si quieren llegar al poder, pero tiene que ser unidos. Se lo sugiere un dominicano que defiende de verdad la democracia. El propio doctor Leonel Fernández despeja su camino para el 2016.
Continuando el relato, cuando voy a buscar la carta, Balaguer me comenta que Peña Gómez comenzaba a madurar, lo único que le faltaba para merecer la Presidencia. Los piropos lucieron hasta paternales. Ya en el Hospital Médico, cerca de la ONU, recordando tantas cosas de cuando representaba a mi país en ese organismo, espero en la sala y le entrego la carta a Peggy Cabral, quien se la lleva a su esposo.
Se levanta el enfermo y me abraza emocionado. Con voz entrecortada, dice a quienes estaban en la antesala: Señores ustedes saben como nos tiramos Balaguer y yo, al cuello; pero, carajo, acabo de recibir una carta preciosa que me envía con mi amigo el doctor Taveras, rogando a Dios por mi salud. Oigan, si no salgo vivo de ésta, recuerden lo que les voy a decir: tendremos que esperar los 500 años de Colón para volver a tener otro Balaguer.
Nunca olvidaré que llegué a su entierro tan concurrido junto a mi amigo Jhonny Ventura, vivo y grande como siempre. ¡Qué incongruente es la naturaleza con nuestros valores! O nos lo lleva a destiempo, o los entierran en vida los envidiosos y mezquinos.

