Opinión

Voces y ecos

Voces y ecos

Cuando la persona se dispone a chocar contra lo que todos, o casi todos, estiman procedente y correcto, es  que en esa persona se ha operado una transformación que la hace creerse  un ser capaz de transitar muy por encima  de la zona por donde andan los demás  humanos. Esto lo lleva a destrozar parámetros y normas que se consideran  sagrados para la otra parte de la comunidad. 

La costumbre es apreciada universalmente como una fuente nutridora del derecho. Pero va más allá, pues también la ética se alimenta de ella. Los hombres comunes, de poca escolaridad, quizá no conozcan la palabra ética, pero indudablemente sí conocen y valoran la palabra pudor.

El pudor se asocia a la vergüenza. Por  momentos parece que éste se limita al cuidado de lo relacionado con los órganos genitales y las funciones de los mismos. Por eso a quien aparece desnudo en la calle se le diagnostica locura a simple vista, sin necesidad de ser un  especialista. Pero hay actos  más indecorosos que andar por las calles sin ropa.

Ninguna ley  impide a un hombre  galantear a la amiga de su mujer ni tampoco  hacer lo mismo a la mujer de su amigo. Pero algo superior  a la norma jurídica se lo impide: el pudor. “El grado de  pudor de una persona mide exactamente su valor espiritual”,  ha dicho Sören Kierkegaard, filósofo danés.

Un principio fundamental en la educación hogareña ha sido el enseñar a los hijos a no estar donde no se les invita. Para  hombres y mujeres prudentes  constituye una  afrenta que un hijo permanezca en casa del vecino “a la hora de la doce”, es de decir el tiempo de almuerzo. A esa hora se ha de estar en casa. ¿Qué hace usted velando donde no lo han llamado?, solían  rezongar los padres.

El afecto y la confianza son riquezas que la persona conquista con la  práctica cotidiana. No es sensato exigir confianza, eso se gana. Permanecer uno donde no le tienen confianza, es mezquindad. Es así ya fuese  en la tesorería de un club barrial, despachador de un colmado o funcionario público. Retirarse oportunamente es propio de sabios.

Imponerse alguien donde no es  querido es posible cuando la gente se forra de insensatez.  Los hombres se hacen  incondicionales de otros por  favores recibidos,  pero a los  hombres pudorosos los  mueven  causas más puras. Pasiones  e intereses ciegan a veces a los hombres y los conducen a ignorar  principios y decoro. 

La conducta impúdica acarrea  frecuentemente situaciones funestas. Es lo que se vislumbra en la Junta Central Electoral  por la obstinada  permanencia  de un funcionario –Franklin Frías- a quien se le ha dicho suficientemente, desde todos los ámbitos, que no  es digno de confianza, que no es deseado allí. Pero no  renuncia. Ni lo cambia de funciones la dirección  de la institución. Falta   prudencia y  falta pudor.

El Nacional

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