Un casi anciano, escaso de carnes, carifresco y suelto de palabras, se presenta a un taller de reparación de vehículos. Lleva un ensarte de chucherías para vender, pero como se encuentra con un público masculino, sólo promueve uno de sus artículos. El nuevo chinito, dice mientras lo muestra. Es un producto en latica, como las de las pomadas baratas para salpullidos y eczemas.
La particularidad de aquel producto es que el envase es rojo y la tapa lleva impresos unos caracteres mandarines en medio de los cuales aparece una palabra en español: chinito. Es presuntamente el nombre del bálsamo, vendido para hombres que quieran extender el acto sexual, retardando la eyaculación.
Durante años a un producto con este nombre se le ha atribuido ese poder excepcional para dar pelas de sexo. El producto original se comerciaba en frascos pequeños, como el de los perfumes. Lo que vendía el viejo descarnado y descarado era un ungüento elaborado para otro tipo de dolencias, con fragancia de canela, comerciado con una marca que recuerda a los pobladores originales del Perú.
Andamos entre engaños y engañadores. Pero este artículo no se va a ocupar de las estafas políticas, de engaños financieros o de los déficits fiscales, de la quiebra del Estado. He preferido una reflexión sobre las burlas que envuelven sumas pequeñas, pero que han costado un esfuerzo a quienes las idean o practican.
Los timos tienen carácter de clase. Los niños ricos pueden ejercer un fraude con tarjetas de crédito o una transacción vía Internet, en tanto los pobres preparan una lata de carbón coronada con pedazos grandes, mientras que en el fondo solo cisco se ha de encontrar. Es un engaño de pobres para pobres.
Para menos pobres es la burla de quienes falsifican whisky ligándolo con agua de azúcar o el de los que recogen restos de cervezas, dejadas en el vaso o en la botella por consumidores, para sellarle la tapa y ofrecerla como nueva. De seguro que a alguien encuentran para realizar su plan.
Cada día sale un tonto a la calle, es un decir repetido y con mucho de verdad. Pero reitero, cada engaño tiene su gente. Un individuo entra a un colmado con el apuro de que le cambien un billete de lotería supuestamente premiado con doscientos pesos, pero con apariencia de que el premio es de dos mil. Debido a su urgencia él quiere ciento ochenta pesos, en tanto que quien recibe el boleto piensa que el sujeto no se fijó en que el valor real era dos mil pesos. Lo paga apresurado y luego se entera que no había ningún premio. El burlador iba lejos.

