Y no sólo soy metálico, sino que también tengo mi propia banda de metal con la que he tocado docenas y docenas de conciertos por 15 años. Y lo traigo a colación a raíz del horrendo crimen de Víctor Alexander Portorreal quien asesinó a su esposa y tres hijas que ha consternado a toda la sociedad dominicana, y el tratamiento que la prensa le ha dado al caso.
Así como yo, hay miles de personas productivas y profesionales en nuestro país que oyen esa música y que llevan sus vidas perfectamente normales sin violencia de ningún tipo. Es obvio que la música no tiene incidencia relevante en cómo se comporta una persona, pero eso no ha impedido que una y otra vez, cuando un crimen de cualquier tipo es cometido por alguien que escucha metal, se le emprenda contra el género musical.
Lo que es curioso, porque en ninguno de los 121 casos de feminicidios ocurridos en el 2017 alguien se detuvo a preguntar que música escuchaba el autor.
Personalmente disfruto mucho el metal porque como género musical depende constantemente reinventarse.
Adicionalmente, el contenido en sus letras es extremadamente diverso y cambiante, y no se enfoca en la perenne cacofonía de “amores y desamores” en la que se ha concentrado gran parte de la música moderna. La diversidad en los arreglos, y hasta en la forma como se aborda el proceso de composición, sumado al extenso temario lírico del género es lo que me atrae a ese estilo musical por encima de muchos otros géneros musicales.
Desde antes de siquiera escuchar una nota musical del metal conozco el estereotipo. Todavía recuerdo mi temor cuando le pedí a mi papá que me comprara mi primer CD de metal, el Black Album de Metallica, a mediados de los 90s. Y hoy, en pleno año 2018, resulta irritante que en República Dominicana persista ese prejuicio sin fundamentos.
Lo penoso es que en países tan “cristianos” como el nuestro, como toda Latinoamérica y España, no solo no existe ese prejuicio sino que sus escenas locales de metal son tan de ellos como cualquier otra expresión de su cultura y de la cual están orgullosos. En efecto, República Dominicana, como en otras actividades penosas, sólo comparte similares en este aspecto con países del Medio Oriente.
El caso de Víctor Alexander Portorreal debe llamar la atención al verdadero problema de las carencias en materia de atención a la salud mental en nuestro país. A todas luces el Sr. Portorreal tiene problemas que deben ser atendidos por un profesional de la salud mental, y probablemente requerirá atención permanente en un hospital psiquiátrico, lamentablemente, no luce que la Justicia o cualquier otro estamento del Estado dominicano esté en capacidad de ofrecer eso. Ese es un problema digno de comentar y sobre el cual reportar, antes que los gustos musicales de quien sea.

