El día del carnaval
Las calles están repletas de gente. A Bernardo le dijo su papá:
– ¡Ya verás, hijito: el carnaval es maravilloso!
Bernardo, sin soltarse de la mano de su papá, trata de deslizarse entre los espectadores que empujaban y se divertían como locos.
Nuestro amigo empieza a oír la música que acompaña a los payasos, los instrumentos de viento, los cascabeles y los tambores
– ¡Qué suerte tiene!
Su papá lo sube a hombros y desde allí arriba, Bernardo puede admirar el desfile a gusto.
El niño se queda boquiabierto: ¡qué espectáculo!
– ¡Mira, papá ¿Has visto lo que llevan esos señores en la cabeza?
Los sombreros, con plumas de avestruz blancas y de colores, se agitan al ritmo de la música.
Cientos de naranjas vuelvan en todas las direcciones y se estrellan contra las paredes y las rejas que protegen los cristales de las ventanas
Bernardo alarga sus brazos: le encantaría poder enseñarles a sus amigos de la escuela una naranja que haya pertenecido a un payaso.
En ese momento se detiene un payaso, le hace una seña con la mano y le sonríe.
Nuestro amigo ha comprendido el mensaje y, ¡hop!, coge la naranja al vuelo. ¡Ha sido un día inolvidable!

