Mamá pato estaba muy orgullosa de sus patitos. Todas las mañanas los conducía al lago y les enseñaba a sumergirse, a buscar gusanitos para comer, y a defenderse de los depredadores.
En resultadas cuentas, a comportarse como verdaderos patos. Acababa de empollar cinco huevos, los cuidó día y noche y ahora observaba cómo crecían los patitos a su lado.
Sin embargo, se sentía muy triste cuando observaba a uno de ellos: no era como los demás. Era más grande, comía mucho más y caminaba torpemente. Además, ¡era muy feo! Al cabo de un mes, al comprender que nadie lo quería y que su mamá lo rechazaba, el patito feo trató de arreglárselas él solo.
En los bosques vecinos se encontró con los pájaros, que le enseñaron a huir de los cazadores, a protegerse del fusil que mata. La vida es muy dura para los que viven a orillas del estanque y el patito feo se enteró de que los cisnes prefieren volar hacia regiones donde el clima es más cálido.
A llegar el invierno, el estanque se hiela, los campos se cubren de nieve y es muy difícil encontrar comida.
Desesperado, el patito feo abandonó el estanque y caminó durante mucho tiempo hasta llegar a una casita, agotado.
Se acostó cerca de la puerta y se quedó dormido. Al despertar, se encontró al lado de una chimenea, bajo una manta y con un plato de cereales a su lado. Lo había acogido una viejecita que vivía allí.
En la primavera volvió al estanque. Al inclinarse para beber, vio reflejada en el agua la hermosa imagen de un ave blanca. El patito feo se había convertido en un soberbio cisne blanco.
El Dato
Semana invita a los escritores de literatura infantil a que aprovechen este espacio, a fin de que contribuyamos a incentivar el hábito de lectura en los niños. Las colaboraciones deben ser acorde con el espacio disponible.
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