Rufo vivía en una cuchita (casita) muy linda y muy confortable, ubicada en un jardín repleto de plantas de limón. Era un cachorrito extremadamente alegre y cariñoso.
Sus patitas eran marrones y su pancita color chocolate. Tenía unos ojos grandes color café y unas orejas como dos pompones de algodón.
Una tarde, al llegar Anita de la escuela, buscó a Rufo para jugar, pero Rufo no estaba por ningún lado.
– Mamá, mamá Rufo no está, lo llamé pero no aparece.- Dijo Anita a su mamá.
Déjenme contarles lo que realmente pasaba.
Como todos sabemos, se dice que los perritos solo pueden distinguir dos colores y por consiguiente no pueden contemplar todos los colores que nosotros conocemos, ahora bien, en el caso de Rufo, las cosas eran diferentes. ¡¡¡ Rufo sí podía ver todos los colores!!!
El día anterior, Anita había colgado en la ventana de su casa, una manualidad muy linda repleta de colores brillantes, que había regalado a su papá.
Rufo, había descubierto ese hermosa manualidad de Anita llena de colores y no podía dejar de mirarla. Rufo nunca antes había visto algo tan sorprendente.
– Anita?! . Ya encontré a Rufo.- Exclamó la mamá.
Rufo, estaba azorado y maravillado contemplando aquel adorno.
Y para mayor asombro, el sol entró por la ventana y pegó con sus rayos en cada uno de los colores brillantes que se movían con la brisa, generando una ilusión de colores mezclados que inundaron aquella habitación en distintas tonalidades.
El azul, se mezclo con el amarillo, y el rojo con el verde, y el verde con el rosa, y el rosa con el celeste, y el celeste con el púrpura, y el púrpura con el naranja. Todo era una fiesta.
La fiesta de los colores estaba comenzando y Rufo no se la quiso perder. Anita, riendo a carcajadas, abrazó a Rufo y gritó: ¡Esto es una fiesta! ¡La fiesta de los colores comenzó!
(Juan Pablo Urcola)
