En el verano, cuando hace mucho calor, los rosales están llenos de pequeños insectos que corren por sus tallos y hojas, sin preocuparse de las terribles espinas.
Uno de ellos es el piojillo. Se vuelve loco por los pétalos de las rosas, que chupa durante todo el día. Cuando se siente satisfecho, el piojillo decide descansar en el hueco de un pétalo y refrescarse de vez en cuando con el rocío que gotea cerca de él.
_¡Ah! ¡Qué dulce es la vida en esta flor! _exclama, y después se duerme.
Pero el piojillo es muy imprudente al dedicarse a descansar así. Los depredadores no andan muy lejos
Precisamente Mireya, la mariquita, acaba de posarse sobre el rosal.
Cierra delicadamente sus alas y va pasando de un tallo a otro.
_Me muero de hambre _dice.
Y entre salto y salto, se come a los animalitos que tratan de huir desesperadamente de su boquita glotona.
El piojillo se despierta al oír tanto ruido, y al presentir el peligro, hace rodar una gotita de rocío sobre la mariquita, que atemorizada decide irse a buscar comida a otro rosal.

