Opinión Articulistas

Zoom turístico: Giro a turismo de valor

Zoom turístico: Giro a turismo de valor

Héctor Minaya

Durante décadas, el éxito de un destino turístico se midió con una métrica única y simplista del volumen.
El anuncio anual de «récord de visitantes» se convertía en el titular principal, validando modelos de negocio basados en la ocupación masiva y el crecimiento horizontal.

Sin embargo, la madurez de los mercados y las nuevas exigencias de sostenibilidad están forzando un cambio de paradigma hacia el turismo de valor.

El modelo de volumen se basa en la economía de escala. Su objetivo es atraer la mayor cantidad de personas posible, a menudo mediante paquetes «todo incluido» y precios competitivos. Si bien este enfoque es una herramienta poderosa para generar empleo rápido y dinamizar la construcción hotelera, conlleva costos ocultos que suelen recaer sobre el destino.

La saturación de la infraestructura, el desgaste de los recursos naturales y la «fuga de capitales» (donde el gasto del turista se queda en grandes cadenas internacionales y no llega a la economía local) son las fisuras de este modelo. Cuando un destino compite solo por precio, el margen de beneficio se estrecha, obligando a aumentar el volumen para mantener la rentabilidad, creando un círculo vicioso de presión ambiental y social.

El turismo de valor no se define necesariamente por el «lujo» en términos de opulencia, sino por la rentabilidad del visitante. Un turista de valor es aquel que tiene una estancia más prolongada, consume productos locales, interactúa con la cultura y, sobre todo, deja un gasto per cápita significativamente mayor.

Este modelo propone que es preferible recibir a un viajero que gaste $1,500 en una semana consumiendo en la comunidad, que a tres viajeros que gasten $400 cada uno dentro de un recinto cerrado. El beneficio es doble y se reduce la presión sobre los servicios públicos y se maximiza el derrame económico en las pequeñas y medianas empresas locales.

Para elevar el valor de un destino, la estrategia debe diversificarse más allá de la playa y el sol.
Fomentar nichos como el turismo de reuniones (MICE), el turismo de salud, el histórico y el gastronómico. Estos perfiles suelen viajar fuera de la temporada alta y poseen un poder adquisitivo superior.

El viajero moderno busca autenticidad. Los proyectos de hotelería boutique y las experiencias de inmersión cultural permiten cobrar tarifas premium basadas en la exclusividad y la calidad del servicio.
La gestión responsable de los recursos ya no es opcional. Un destino preservado es, por definición, un destino más valioso y atractivo para el segmento de mercado que más está creciendo globalmente.

El futuro del turismo no reside en cuántos cruzan la frontera, sino en cuánto impacto positivo dejan a su paso. Migrar del volumen al valor requiere una visión a largo plazo, una fuerza laboral más capacitada y una infraestructura que priorice la calidad. Al final del día, el éxito real no se cuenta en pies sobre la arena, sino en la prosperidad sostenible de la comunidad que los recibe.

Pedernales (Cabo Rojo) es la gran apuesta para 2026. Se busca un modelo ecosostenible que integre a la comunidad local y proteja áreas sensibles como Bahía de las Águilas.

En tanto, Miches se perfila como el «nuevo Caribe», enfocado en baja densidad y alta exclusividad.
El corredor Juan Dolio-Boca Chica se está transformando para captar el turismo de convenciones y estadías cortas gracias a su cercanía con el Aeropuerto de Las Américas.