T. Siempre una férrea disciplina conducirá, sin lugar a dudas, al establecimiento de una gestión de calidad, para así alcanzar con creces los objetivos planteados. De ahí la correcta afirmación de que en toda institución, sea ésta de índole política, religiosa, militar, cultural o administrativa, la disciplina juega un papel fundamental.
Es algo así como un arma que ha de ser empuñada por todos los que trabajan e interactúan en un mismo espacio, desde el servidor más simple hasta el directivo más alto. Digamos que dejarla caer podría significar el descrédito de un individuo o de la empresa. Efectivamente. A ella le corresponde el crecimiento sano y el desarrollo positivo de la excelente imagen que pudiese tener la institución de cara a los diversos sectores de la sociedad, los cuales observan de manera crítica con todo su derecho.
En cierta medida, de la disciplina depende que las fortalezas se mantengan siendo pilares de desarrollo en una empresa; de que las oportunidades afloren de manera positiva; de que las debilidades se conviertan en triunfos; y de que las amenazas se mantengan a raya, imposibilitadas de penetrar y hacer daño en una institución. Cuando la rigidez de la disciplina no existe en una organización, o cuando sus miembros se resisten a su aplicación, pues lo más natural es que el chisme, la anarquía, la dejadez y la violación a las reglas básicas del trabajo, crezcan e intenten trazar las pautas a seguir.
Y cuando eso sucede, significa entonces que esa institución está llamada a convertirse en un puro fiasco.
Realmente, el respeto a la disciplina interna ha de ser cuidada y defendida por todos los que de unas formas u otras trabajan en una institución. Precisamente de ahí dependerán sus triunfos o sus derrotas.
Lamentablemente, a algunos empleados les resulta difícil escoger entre lo debidamente correcto o el silencio cómplice cuando se trata de juzgar el comportamiento de uno o de varios compañeros de labores. La complicidad ante una conducta inapropiada tiende a malograr la visión y la misión de la institución, desquebraja la unidad interna, socava la confianza depositada en el buen empleado, y coloca frente a los ojos del tigre la posición privilegiada de la institución ante la sociedad.
En conclusión, la disciplina nos acerca mucho más al rescate de los valores perdidos; nos hace amar a la institución en la cual trabajamos; y nos recuerda que como servidores públicos tenemos un compromiso social con la familia y con nuestra sociedad.
POR: Oquendo Medina

