El Este y el Norte. Macorís, la sultana, y Puerto Plata, fueron en la llamada época de la tacita de oro, símiles de una Estatua de la Libertad. Costa de emigrantes, de mujeres y hombres de las antillas que llegaban a una tierra para ellos prometida.
La tacita de oro se desmoronó, la una vez pujante industria azucarera desapareció. Puerto Plata se lanzó como polo turístico y fracasó. Macorís vio morir la caña, y quedar como reducto de cementera y zonas francas.
Pero sus muelles, sus costas, su mirar a lontananza queda perpetuo en el destino del dominicano que emigra. Hoy sólo vienen los haitianos y los mafiosos internacionales buscando estadía permanente.
Los dominicanos toman el machete para llegar a España, o se van en yola a Puerto Rico, en una travesía infernal, donde se muere en las fauses de los tiburones, o son atrapados por las autoridades.
La migracion no es una aventura, sino el desgraciado reflejo de una sociedad sin oportunidades, donde los que nacieron sin protección, sólo les queda el día de morirse; donde los saltos sociales solo se dan en la delincuencia de cuello blanco y la política.
Cada día son más los jóvenes profesionales que exhiben el título en un cuadro de la casa y caminan las calles con los bolsillos vacíos, las esperanzas desaparecidas, y el deseo cada día de emigrar.
Mientras la crisis del capitalismo mantiene a los Estados Unidos y Europa con un desempleo máximo, decenas, cientos, miles de dominicanos quieren montarse en la yola, para tratar de llegar a tierras de esperanzas.
Poco importan nuevas leyes migratorias, los caminos están cerrados. Los trabajos que hace unos años eran desdeñados por los europeos, ahora son su último refugio para ganarse unos pesos. Son los nativos de Estados Unidos y Europa, los que ahora les quitan trabajo a los migrantes e indocumentados.
En años en que en vez de política y economía, me gustaba la poesía, los ensayos y la crítica de cine, siempre recordaba un poema de Francisco Domínguez Charo. No fue un revolucionario en su época, ni sus poemas leído en los 70 se podrían interpretar como de vanguardia, pero si eran un espejo del hombre que sin esperanzas mira el horizonte esperando un mejor día que nunca llega.
Viejo negro del puerto, retorna en el espíritu a tu selva sagrada.
Embárcate en la leve piragua imaginaria de tu inconsciente mártir,
-y llora inconsolable- que en esta noche lánguida sólo un millón de estrellas verán correr tus lágrimas…
